Drácula


su debido tiempo, nuestra querida dama -me tomó de la mano- irá a su
lado para acompañarlo, y será como las otras que vio usted, Jonathan. Nos
ha descrito usted todo lo referente a sus labios glotones y a sus risas horri-
bles, cuando se llevaban el saco que se movía y que el conde les había ar-
rojado. Usted se estremece, pero es algo que puede suceder. Perdone que
le cause tanto dolor, pero es necesario. Amigo mío, ¿no se trata de una
empresa en la que probablemente tendré que perder la vida? En el caso de
que alguno de nosotros deba ir a ese lugar para quedarse, tendré que ser
yo, para hacerles compañía.
-Haga lo que guste -dijo Jonathan, con un sollozo que hizo que
temblara todo su cuerpo- ¡Estamos en las manos de Dios!
Más tarde. Me hizo mucho bien ver el modo en que esos hombres
valerosos trabajan. ¿Cómo es posible que las mujeres no amen a hombres
que son tan sinceros, francos y valerosos? Asimismo, pensé en el extraor-
dinario poder del dinero. ¿Qué no puede hacer cuando es aplicado correc-
tamente?, ¿qué no puede conseguir cuando es usado de manera baja? Me
siento muy contenta de que lord Godalming sea tan rico y de que tanto él
como el señor Morris, que posee también mucho dinero, estén dispuestos a
gastarlo con tanta liberalidad. Ya que, de no ser así, nuestra expedición no
hubiera podido ponerse en marcha, ni tan rápidamente ni con tan buen
equipo, como va a hacerlo dentro de otra hora. No han pasado todavía tres
horas desde que se decidió qué parte íbamos a desempeñar cada uno de
nosotros, y ahora, lord Godalming y Jonathan, tienen una hermosa lancha
de vapor, y están dispuestos a partir en cualquier momento. El doctor Se-
ward y el señor Morris tienen media docena de excelentes caballos, todos
preparados. Poseemos todos los mapas y las ampliaciones de todos tipos
que es posible conseguir. El profesor van Helsing y yo deberemos salir esta
noche, a las once y cuarenta minutos, en tren, con destino a Veresti, en
donde conseguiremos una calesa que nos conduzca hasta el Paso del
Borgo. Llevamos encima una buena cantidad de dinero, ya que tendremos
que comprar la calesa y los caballos. Deberemos conducirla nosotros mis-
mos, puesto que no hay nadie en quien podamos confiar en este caso. El
profesor conoce muchas lenguas, de modo que podremos salir adelante sin
demasiadas dificultades. Todos tenemos armas, e incluso me consiguieron
a mí un revolver de cañón largo; Jonathan no se sentía tranquilo, a menos
que fuera armada como el resto de ellos. Pero no puedo llevar un arma que
llevan los demás; el estigma sobre mi frente me lo prohibe. El querido
doctor van Helsing me consuela, diciéndome que estoy bien armada,
puesto que es posible que encontremos lobos. El tiempo se está haciendo


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