Bram Stoker


debido a que está dirigida a aquella a quien me siento orgulloso de obede-
cer!
Se oyen silbidos; nos estamos aproximando a Galatz. Estamos lle-
nos de ansiedad.

Del diario de Mina Harker
30 de octubre. El señor Morris me condujo al hotel en el que habían
sido reservadas habitaciones para nosotros por telégrafo, puesto que él no
hablaba ninguna lengua extranjera y, por consiguiente, era el que resultaba
menos útil. Las fuerzas fueron distribuidas en gran parte como lo habían
sido en Varna, excepto que lord Godalming fue a ver al vicecónsul, puesto
que su título podría servirle como garantía inmediata en cierto modo, ante
el funcionario, debido a que teníamos una prisa extraordinaria. Jonathan y
los dos médicos fueron a ver al agente de embarque para conocer todos los
detalles sobre la llegada del Czarina Catherine.
Más tarde. Lord Godalming ha regresado. El cónsul está fuera y el
vicecónsul enfermo; de modo que el trabajo de rutina es atendido por un
secretario. Fue muy amable y ofreció hacer todo lo que estuviera en su
poder.


Del diario de Jonathan Harker
30 de octubre. A las nueve, el doctor van Helsing, el doctor Seward
y yo visitamos a los señores Mackenzie y Steinkoff, los agentes de la firma
londinense de Hapgood. Habían recibido un telegrama de Londres, en
respuesta a la petición telegráfica de lord Godalming, rogándoles que nos
demostraran toda la cortesía posible y que nos ayudaran tanto como pu-
dieran. Fueron más que amables y corteses, y nos llevaron inmediatamente
a bordo del Czarina Catherine, que estaba anclado en el exterior, en la
desembocadura del río. Allí encontramos al capitán, de nombre Donelson,
que nos habló de su viaje. Nos dijo que en toda su vida no había tenido un
viento tan favorable.
-¡Vaya! -dijo-. Pero estábamos temerosos, debido a que temíamos
tener que pagar con algún accidente o algo parecido la suerte extraordi-
naria que nos favoreció durante todo el viaje. No es corriente navegar
desde Londres hasta el Mar Negro con un viento en popa que parecía que
el diablo mismo estaba soplando sobre las velas, para sus propios fines. Al
mismo tiempo, no alcanzamos a ver nada. En cuanto nos acercábamos a
un barco o a tierra, una neblina descendía sobre nosotros, nos cubría y


353

353