Bram Stoker


castillo. Es viejo y tiene muchas memorias, y hay muchas pesadillas para
aquellos que no duermen sabiamente. ¡Se lo advierto! En caso de que el
sueño lo dominase ahora o en otra oportunidad o esté a punto de domi-
narlo, regrese de prisa a su propia habitación o a estos cuartos, pues en-
tonces podrá descansar a salvo. Pero no siendo usted cuidadoso a este
respecto, entonces... -terminó su discurso de una manera horripilante, pues
hizo un movimiento con las manos como si se las estuviera lavando.
Yo casi le entendí. Mi única duda era de si cualquier sueño pudiera
ser más terrible que la red sobrenatural, horrible, de tenebrosidad y miste-
rio que parecía estarse cerrando a mi alrededor.
Más tarde. Endoso las últimas palabras escritas, pero esta vez no
hay ninguna duda en el asunto. No tendré ningún miedo de dormir en
cualquier lugar donde él no esté. He colocado el crucifijo sobre la cabeza
de mi cama porque así me imagino que mi descanso está más libre de pe-
sadillas. Y ahí permanecerá.
Cuando me dejó, yo me dirigí a mi cuarto. Después de cierto
tiempo, al no escuchar ningún ruido, salí y subí al graderío de piedras
desde donde podía ver hacia el sur. Había cierto sentido de la libertad en
esta vasta extensión, aunque me fuese inaccesible, comparada con la estre-
cha oscuridad del patio interior. Al mirar hacia afuera, sentí sin ninguna
duda que estaba prisionero, y me pareció que necesitaba un respiro de aire
fresco, aunque fuese en la noche. Estoy comenzando a sentir que esta ex-
istencia nocturna me está afectando. Me está destruyendo mis nervios. Me
asusto de mi propia sombra, y estoy lleno de toda clase de terribles imagi-
naciones. ¡Dios sabe muy bien que hay motivos para mi terrible miedo en
este maldito lugar! Miré el bello paisaje, bañado en la tenue luz amarilla de
la luna, hasta que casi era como la luz del día. En la suave penumbra las
colinas distantes se derretían, y las sombras se perdían en los valles y hon-
donadas de un negro aterciopelado. La mera belleza pareció alegrarme;
había paz y consuelo en cada respiración que inhalaba. Al reclinarme sobre
la ventana mi ojo fue captado por algo que se movía un piso más abajo y
algo hacia mi izquierda, donde imagino, por el orden de las habitaciones,
que estarían las ventanas del cuarto del propio conde. La ventana en la cual
yo me encontraba era alta y profunda, cavada en piedra, y aunque el
tiempo y el clima la habían gastado, todavía estaba completa. Pero evi-
dentemente hacía mucho que el marco había desaparecido. Me coloqué
detrás del cuadro de piedras y miré atentamente.
Lo que vi fue la cabeza del conde saliendo de la ventana. No le vi la
cara, pero supe que era él por el cuello y el movimiento de su espalda y sus
brazos. De cualquier modo, no podía confundir aquellas manos, las cuales

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