Drácula


que las cosas no iban a suceder como nos lo habíamos imaginado; sola-
mente esperábamos saber dónde ocurriría el cambio. Sin embargo, de to-
dos modos, resultó una sorpresa. Supongo que la naturaleza trabaja de
acuerdo con bases tan llenas de esperanza, que creemos, en contra de
nosotros mismos, que las cosas tienen que ser como deben ser, no como
deberíamos saber que van a ser. El trascendentalismo es una guía para los
ángeles, pero un fuego fatuo para los hombres. Van Helsing levantó la
mano sobre su cabeza durante un momento, como discutiendo con el To-
dopoderoso, pero no dijo ni una sola palabra y, al cabo de unos segundos,
se puso en pie con rostro duro. Lord Godalming se puso muy pálido y se
sentó, respirando pesadamente. Yo mismo estaba absolutamente estupe-
facto y miraba asombrado a los demás. Quincey Morris se apretó el cin-
turón con un movimiento rápido que yo conocía perfectamente: en
nuestros tiempos de aventuras, significaba "acción". La señora Harker se
puso intensamente pálida, de tal modo que la cicatriz que tenía en la frente
parecía estar ardiendo, pero juntó las manos piadosamente y levantó la
mirada, orando. Harker sonrió, con la sonrisa oscura y amarga de quien ha
perdido toda esperanza, pero al mismo tiempo, su acción desmintió esa
impresión, ya que sus manos se dirigieron instintivamente a la empuñadura
de su gran cuchillo kukri y permanecieron apoyadas en ella.
-¿Cuándo sale el próximo tren hacia Galatz? -nos preguntó van
Helsing, dirigiéndose a todos en general.
-¡Mañana por la mañana, a las seis y media! -todos nos sobresalta-
mos, debido a que la respuesta la había dado la señora Harker.
-¿Cómo es posible que usted lo sepa? -dijo Art.
-Olvida usted..., o quizá no lo sabe, aunque lo saben muy bien mi
esposo y el doctor van Helsing, que soy una maníaca de los trenes. En
casa, en Exéter, siempre acostumbraba ajustar las tablas de horarios, para
serle útil a mi esposo. Sabía que si algo nos obligaba a dirigirnos hacia el
castillo de Drácula, deberíamos ir por Galatz o, por lo menos, por Bucar-
est; por consiguiente, me aprendí los horarios cuidadosamente. Por des-
gracia, no había muchos horarios que aprender, ya que el único tren sale
mañana a la hora que les he dicho.
-¡Maravillosa mujer! -dijo el profesor.
-¿No podemos conseguir uno especial? -preguntó lord Godalming.
Van Helsing movió la cabeza.
-Temo que no. Este país es muy diferente del suyo o el mío; incluso
en el caso de que consiguiéramos un tren especial, no llegaríamos antes
que el tren regular. Además, tenemos algo que preparar. Debemos reflex-
ionar. Tenemos que organizarnos. Usted, amigo Arthur, vaya a la estación,
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