Drácula


dice que le examina los dientes muy cuidadosamente, mientras está en
trance hipnótico, puesto que asegura que en tanto no comiencen a
aguzarse, no existe ningún peligro activo de un cambio en ella. Si ese cam-
bio se produce..., ¡lo hará en varias etapas...! Ambos sabemos cuáles serán
necesariamente estas etapas, aunque no nos confiamos nuestros
pensamientos el uno al otro. No debemos ninguno de nosotros retroceder
ante la tarea... por muy tremenda que pueda parecernos. ¡La "eutanasia" es
una palabra excelente y consoladora! Le estoy agradecido a quienquiera
que sea el que la haya inventado.
Hay sólo unas veinticuatro horas de navegación a vela de los Dar-
danelos a este lugar, a la velocidad que el Czarina Catherine ha venido
desde Londres. Por consiguiente, deberá llegar durante la mañana, pero
como no es posible que llegue antes del mediodía, nos disponemos todos a
retirarnos pronto a nuestras habitaciones. Debemos levantarnos a la una,
para estar preparados.
25 de octubre, al mediodía. Todavía no hemos recibido noticias de
la llegada del navío. El informe hipnótico de la señora Harker esta mañana
fue el mismo de siempre; por consiguiente, es posible que recibamos las
noticias al respecto en cualquier momento. Todos los hombres estamos
febriles a causa de la excitación, excepto Harker, que está tranquilo; sus
manos están frías como el hielo y, hace una hora, lo encontré humedeci-
endo el filo del gran cuchillo gurka que siempre lleva ahora consigo. ¡Será
un mal momento para el conde si el filo de ese "kukri" llega a tocarle la
garganta, empuñado por unas manos tan frías y firmes!
Van Helsing y yo estamos un tanto alarmados hoy respecto a la
señora Harker. Cerca del mediodía se sumió en una especie de letargo que
no nos agrada en absoluto, aunque mantuvimos el secreto, y no les dijimos
nada a los demás, no nos sentimos contentos en absoluto de ello. Estuvo
inquieta toda la mañana, de tal modo que, al principio, nos alegramos al
saber que se había dormido. Sin embargo, cuando su esposo mencionó que
estaba tan profundamente dormida que no había podido despertarla, fui-
mos a su habitación para verla nosotros mismos. Estaba respirando con
naturalidad y tenía un aspecto tan agradable y lleno de paz, que estuvimos
de acuerdo en que el sueño era mejor para ella que ninguna otra cosa. ¡Po-
bre mujer! Tiene tantas cosas que olvidar, que no es extraño que el sueño,
si le permite el olvido, le haga mucho bien.
Más tarde. Nuestra opinión estaba justificada, puesto que, después
de un buen sueño de varias horas, despertó; parecía estar más brillante y
mejor que lo que lo había estado durante varios días. Al ponerse el sol, dio
el mismo informe que de costumbre. Sea donde sea que se encuentre, en el
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