Bram Stoker


prometerme, todos juntos y uno por uno, incluyéndote a ti, mi amado
esposo, que, si se hace necesario, me matarán.
-¿Cuándo será, eso? -la voz era de Quincey, pero era baja y llena de
tensión.
-Cuando estén ustedes convencidos de que he cambiado tanto que
es mejor que muera a que continúe viviendo. Entonces, cuando mi carne
esté muerta, sin un momento de retraso, me atravesarán con una estaca,
me cortarán la cabeza o harán cualquier cosa que pueda hacerme reposar
en paz.
Quincey fue el primero en levantarse después de la pausa. Se arro-
dilló ante ella y, tomándole la mano, le dijo solemnemente:
-Soy un tipo vulgar que, quizá, no he vivido como debe hacerlo un
hombre para merecer semejante distinción; pero le juro a usted, por todo
cuanto me es sagrado y querido que, si alguna vez llega ese momento, no
titubearé ni trataré de evadirme del deber que usted nos ha impuesto. ¡Y le
prometo también que me aseguraré, puesto que si tengo dudas, consider-
aré que ha llegado el momento!
-¡Mi querido amigo! -fue todo lo que pudo decir en medio de las
lágrimas que corrían rápidamente por sus mejillas, antes de inclinarse y
besarle a Morris la mano.
-¡Yo le juro lo mismo, señora Mina! -dijo van Helsing.
-¡Y yo! -dijo lord Godalming, arrodillándose ambos, por turno, ante
ella, para hacer su promesa.
Los seguí yo mismo.
Entonces, su esposo se volvió hacia ella, con rostro descompuesto
y una palidez verdosa que se confundía con la blancura de su cabello, y
preguntó:
-¿Debo hacerte yo también esa promesa, esposa mía?
-Tú también, amor mío -le respondió ella, con una lástima infinita
reflejada en sus ojos y en su voz-. No debes vacilar. Tú eres el más cercano
y querido del mundo para mí; nuestras almas están fundidas en una por
toda la vida y todos los tiempos. Piensa, querido, que ha habido épocas en
las que hombres valerosos han matado a sus esposas y a sus hijas, para im-
pedir que cayeran en manos de sus enemigos. Sus manos no temblaron en
absoluto, debido a que aquellas a quienes amaban les pedían que acabaran
con ellas. ¡Es el deber de los hombres para quienes aman, en tiempos se-
mejantes de dura prueba! Y, amor mío, si la mano de alguien debe darme
la muerte, deja que sea la mano de quien más me ama. Doctor van Helsing,
no he olvidado la gracia que le hizo usted a la persona que más amaba, en
el caso de la pobre Lucy -se detuvo, sonrojándose ligeramente, y cambió

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