Bram Stoker



XXV
DEL DIARIO DEL DOCTOR SEWARD


11 de octubre, por la noche. Jonathan Harker me ha pedido que
tome nota de todo esto, ya que dice no estar en condiciones de encargarse
de esta tarea, y que desea que mantengamos un registro preciso de los ac-
ontecimientos.
Creo que ninguno de nosotros se sorprendió cuando nos pidieron
que fuéramos a ver a la señora Harker, poco antes de la puesta del sol.
Hacía tiempo que habíamos llegado todos a comprender que el momento
de la salida del sol y el de su puesta eran momentos durante los que gozaba
ella de mayor libertad; cuando su antigua personalidad podía manifestarse
sin que ninguna fuerza exterior la subyugara, la limitara o la incitara a en-
trar en acción. Esa condición o humor comienza siempre como media hora
antes de la puesta del sol y de su salida, y dura hasta que el sol se encuen-
tra alto, o hasta que las nubes, con el sol oculto, brillan todavía por los
rayos de luz que brotan del horizonte. Al principio, se trata de una especie
de condición negativa, como si se rompiera algún asidero y, a continua-
ción, se presenta rápidamente la libertad absoluta; sin embargo, cuando
cesa la libertad, el retroceso tiene lugar muy rápidamente, precedido sola-
mente por un período de silencio, que es una advertencia.
Esta noche, cuando nos reunimos, parecía estar reprimida y mo-
straba todos los signos de una lucha interna. Sin embargo, vi que hizo un
violento esfuerzo en cuanto le fue posible.
Sin embargo, unos cuantos minutos le dieron control completo de sí
misma; luego, haciéndole a su esposo una seña para que se sentara junto a
ella, en el diván, donde estaba medio reclinada, hizo que todos los demás
acercáramos nuestras sillas. Luego, tomando una mano de su esposo entre
las suyas, comenzó a decir:
-¡Estamos todos juntos aquí, libremente, quizá por última vez! Ya
lo sé, querido; ya sé que tú estarás siempre conmigo, hasta el fin -eso lo
dijo dirigiéndose a su esposo, cuya mano, como pudimos ver, tenía apre-
tada-. Mañana vamos a irnos, para llevar a cabo nuestra tarea, y solamente
Dios puede saber lo que nos espera a cada uno de nosotros. Van a ser muy
buenos conmigo al aceptar llevarme. Sé lo que todos ustedes, hombres
sinceros y buenos, pueden hacer por una pobre y débil mujer, cuya alma
está quizá perdida... ¡No, no, no! ¡Todavía no! Pero es algo que puede
producirse tarde o temprano. Y sé que lo harán. Y deben recordar que yo

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