Drácula


der oír el ruido producido por la puerta de nuestra habitación al abrirse.
Me acompañó inmediatamente; al entrar en la habitación, le preguntó a
Mina si deseaba que los demás estuvieran también presentes.
-No -dijo con toda simplicidad-; no será necesario. Puede usted
decírselo más tarde. Deseo ir con ustedes en su viaje.
El doctor van Helsing estaba tan asombrado como yo mismo. Al
cabo de un momento de silencio, preguntó:
-Pero, ¿por qué?
-Deben llevarme con ustedes. Yo estoy más segura con ustedes, y
ustedes mismos estarán también más seguros conmigo.
-Pero, ¿por qué, querida señora Mina? Ya sabe usted que su se-
guridad es el primero y el más importante de nuestros deberes. Vamos a
acercarnos a un peligro, al que usted está o puede estar más expuesta que
ninguno de nosotros, por las circunstancias y las cosas que han sucedido.
Hizo una pausa, sintiéndose confuso.
Al replicar, Mina levantó una mano y señaló hacia su frente.
-Ya lo sé. Por eso que debo ir. Puedo decírselo a ustedes ahora, cu-
ando el sol va a salir; es posible que no pueda hacerlo más tarde. Sé que
cuando el conde me quiera a su lado, tendré que ir. Sé que si me dice que
vaya en secreto, tendré que ser astuta y no me detendrá ningún obstáculo...
Ni siquiera Jonathan.
Dios vio la mirada que me dirigió al tiempo que hablaba, y si había
allí presente uno de los ángeles escribanos, esa mirada ha debido quedar
anotada para honor eterno de ella. Lo único que pude hacer fue tomarla de
la mano, sin poder hablar; mi emoción era demasiado grande para que pu-
diera recibir el consuelo de las lágrimas. Continuó hablando:
-Ustedes, los hombres, son valerosos y fuertes. Son fuertes reuni-
dos, puesto que pueden desafiar juntos lo que destrozaría la tolerancia hu-
mana de alguien que tuviera que guardarse solo. Además, puedo serles útil,
puesto que puede usted hipnotizarme y hacer que le diga lo que ni siquiera
yo sé.
El profesor hizo una pausa antes de responder.
-Señora Mina, es usted, como siempre, muy sabia. Debe usted
acompañarnos, y haremos juntos lo que sea necesario que hagamos.
El largo silencio que guardó Mina me hizo mirarla. Había caído de
espaldas sobre las almohadas, dormida; ni siquiera despertó cuando levanté
las persianas de la ventana y dejé que la luz del sol iluminara plenamente la
habitación. Van Helsing me hizo seña de que lo acompañara en silencio.
Fuimos a su habitación y, al cabo de un minuto, lord Godalming, el doctor


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