Bram Stoker


-Jonathan, deseo que me prometas algo, dándome tu palabra de
honor. Será una promesa que me harás a mí, pero de manera sagrada,
teniendo a Dios como testigo, y que no deberás romper, aunque me arro-
dille ante ti y te implore con lágrimas en los ojos. Rápido; debes hacerme
esa promesa inmediatamente.
-Mina -le dije-, no puedo hacerte una promesa de ese tipo inmedia-
tamente. Es posible que no tenga derecho a hacértela.
-Pero, querido -dijo con una tal intensidad espiritual que sus ojos
refulgían como si fueran dos estrellas polares-, soy yo quien lo desea, y no
por mí misma. Puedes preguntarle al doctor van Helsing si no tengo razón;
si no está de acuerdo, podrás hacer lo que mejor te parezca. Además, si
están todos de acuerdo, quedarás absuelto de tu promesa.
-¡Te lo prometo! -le dije; durante un momento, pareció sentirse ex-
traordinariamente feliz, aunque en mi opinión, toda felicidad le estaba ve-
dada, a causa de la cicatriz que tenía en la frente.
-Prométeme que no me dirás nada sobre los planes que hagan para
su campaña en contra del conde -me dijo-. Ni de palabra, ni por medio de
inferencias ni implicaciones, en tanto conserve esto.
Y señaló solemnemente la cicatriz de su frente. Vi que estaba
hablando en serio y le dije solemnemente también:
-¡Te lo prometo!
Y en cuanto pronuncié esas palabras comprendí que acababa de
cerrarse una puerta entre nosotros.
Más tarde, a la medianoche. Mina se ha mostrado alegre y animada
durante toda la tarde. Tanto, que todos los demás parecieron animarse a su
vez, como dejándose contagiar por su alegría; como consecuencia de ello,
yo también me sentí como si el peso tremendo que pesa sobre todos noso-
tros se hubiera aligerado un poco. Todos nos retiramos temprano a nues-
tras habitaciones. Mina está durmiendo ahora como un bebé; es
maravilloso que le quede todavía la facultad de dormir, en medio de su
terrible problema. Doy gracias a Dios por ello, ya que, de ese modo, al
menos podrá olvidarse ella de su dolor. Es posible que su ejemplo me
afecte, como lo hizo su alegría de esta tarde. Voy a intentarlo. ¡Qué sea un
sueño sin pesadillas!
6 de octubre, por la mañana. Otra sorpresa. Mina me despertó
temprano, casi a la misma hora que el día anterior, y me pidió que le llevara
al doctor van Helsing. Pensé que se trataba de otra ocasión para el hipno-
tismo y, sin vacilaciones, fui en busca del profesor. Evidentemente, había
estado esperando una llamada semejante, ya que lo encontré en su habi-
tación completamente vestido. Tenía la puerta entreabierta, como para po-

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