Drácula


hacer aquí nada en absoluto, y como creo que ninguno de nosotros está
familiarizado con Varna, ¿por qué no vamos allá antes? Resultará tan largo
el esperar aquí como el hacerlo allá. Podemos prepararnos entre hoy y
mañana, y entonces, si todo va bien, podremos ponemos en camino noso-
tros cuatro.
-¿Los cuatro? -dijo Harker, interrogativamente, mirándonos a to-
dos, de uno en uno.
-¡Naturalmente! -dijo el profesor con rapidez-. ¡Usted debe
quedarse para cuidar a su dulce esposa!
Harker guardó silencio un momento, y luego dijo, con voz hueca:
-Será mejor que hablemos de esto mañana. Voy a consultar con
Mina al respecto.
Pensé que ése era el momento oportuno para que van Helsing le
advirtiera que no debería revelar a su esposa cuáles eran nuestros planes,
pero no se dio por aludido. Lo miré significativamente y tosí. A modo de
respuesta, se puso un dedo en los labios y se volvió hacia otro lado.

Del diario de Jonathan Harker
Octubre, por la tarde. Durante un buen rato, después de nuestra
reunión de esta mañana, no pude reflexionar. Las nuevas fases de los
asuntos me dejaron la mente en un estado tal, que me era imposible pensar
con claridad. La determinación de Mina de no tomar parte activa en la dis-
cusión me tenía preocupado y, como no me era posible discutir de eso con
ella, solamente podía tratar de adivinar. Todavía estoy tan lejos como al
principio de haber hallado la solución a esa incógnita. Asimismo, el modo
en que los demás recibieron esa determinación, me asombró; la última vez
que hablamos de todo ello, acordamos que ya no deberíamos ocultarnos
nada en absoluto unos a otros. Mina está dormida ahora, calmada y tran-
quila como una niñita. Sus labios están entreabiertos y su rostro sonríe de
felicidad. ¡Gracias a Dios, incluso ella puede gozar aún de momentos
similares!
Más tarde. ¡Qué extraño es todo! Estuve observando el rostro de
Mina, que reflejaba tanta felicidad, y estuve tan cerca de sentirme yo
mismo feliz un momento, como nunca hubiera creído que fuera posible
otra vez. Conforme avanzó la tarde y la tierra comenzó a cubrirse de som-
bras proyectadas por los objetos a los que iluminaba la luz del sol que
comenzaba a estar cada vez más bajo, el silencio de la habitación comenzó
a parecerme cada vez más solemne. De repente, Mina abrió los ojos y,
mirándome con ternura, me dijo:

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