Bram Stoker


Más tarde. En el momento mismo en que daba comienzo la re-
unión, tanto van Helsing como yo experimentamos un gran alivio. La
señora Harker envió un mensaje, por mediación de su esposo, diciendo
que no iba a reunirse con nosotros entonces, puesto que estaba convencida
de que era mejor que nos sintiéramos libres para discutir sobre nuestros
movimientos, sin la molestia de su presencia. El profesor y yo nos miramos
uno al otro durante un breve instante y, en cierto modo, ambos nos senti-
mos aliviados. Por mi parte, pensaba que si la señora Harker se daba
cuenta ella misma del peligro, habíamos evitado así un grave peligro y, sin
duda, también un gran dolor. Bajo las circunstancias, estuvimos de
acuerdo, por medio de una pregunta y una respuesta, con un dedo en los
labios, para guardarnos nuestras sospechas, hasta que estuviéramos
nuevamente en condiciones de conversar a solas. Pasamos inmediatamente
a nuestro plan de campaña. Van Helsing nos explicó de manera resumida
los hechos:
-El Czarina Catherine abandonó el Támesis ayer por la mañana.
Necesitará por lo menos, aunque vaya a la máxima velocidad que puede
desarrollar, tres semanas para llegar a Varna, pero nosotros podemos ir
por tierra al mismo lugar en tres días. Ahora bien, si concedemos dos días
menos de viaje al barco, debido a la influencia que tiene sobre el clima el
conde y que nosotros conocemos, y si concedemos un día y una noche
como margen de seguridad para cualquier circunstancia que pueda retra-
sarnos, entonces, nos queda todavía un margen de casi dos semanas. Por
consiguiente, con el fin de estar completamente seguros, debemos salir de
aquí el día diecisiete, como fecha límite. Luego, llegaremos a Varna por lo
menos un día antes de la llegada del Czarina Catherine, en condiciones de
hacer todos los preparativos que juzguemos necesarios. Por supuesto,
debemos ir todos armados... Armados contra todos los peligros, tanto
espirituales como físicos.
En eso, Quincey Morris añadió:
-Creo haber oído decir que el conde procede de un país de lobos, y
es posible que llegue allí antes que nosotros. Por consiguiente, aconsejo
que llevemos Winchesters con nosotros. Tengo plena confianza en los ri-
fles Winchester cuando se presenta un peligro de ese tipo. ¿Recuerda
usted, Art, cuando nos seguía la jauría en Tobolsk? ¡Qué no hubiéramos
dado entonces por poseer un fusil de repetición!
-¡Bien! -dijo van Helsing-. Los Winchesters son muy convenientes.
Quincey piensa frecuentemente con mucho acierto, pero, sobre todo, cu-
ando se trata de cazar. Las metáforas son más deshonrosas para la ciencia
que los lobos peligrosos para el hombre. Mientras tanto, no podemos

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