Bram Stoker


specto a cómo y dónde debería ser colocada aquella caja, pero al capitán
no le agradó aquello, lo maldijo en varias lenguas y le dijo que fuera si
quería a ver como era estibada la maldita caja. Pero él dijo que no podía
hacerlo en ese momento; que embarcaría más tarde, ya que tenía muchas
cosas en qué ocuparse. Entonces, el capitán le dijo que se diera prisa... con
sangre... ya que aquel barco iba a aparejar... con sangre... en cuanto fuera
propicia la marea... con sangre. Entonces, el hombre sonrió ligeramente y
le dijo que, por supuesto, iría en tiempo útil, pero que no sería demasiado
pronto. El capitán volvió a maldecir como un poligloto y el hombre alto le
hizo una reverencia y le dio las gracias, prometiéndole embarcarse antes de
que aparejara, para no causarle ningún trastorno innecesario. Finalmente, el
capitán, más rojo que nunca, y en muchas otras lenguas, le dijo que no
quería malditos franceses piojosos en su barco. Entonces, después de
preguntar dónde podría encontrar un barco no muy lejos, en donde poder
comprar impresos de embarque, se fue.
"Nadie sabía adónde había ido, como decían, puesto que pronto
pareció que el Czarina Catherine no aparejaría tan pronto como habían
pensado. Una ligera bruma comenzó a extenderse sobre el río y fue ha-
ciéndose cada vez más espesa, hasta que, finalmente, una densa niebla cu-
brió al barco y todos sus alrededores. El capitán maldijo largo y tendido en
todas las lenguas que conocía, pero no pudo hacer nada. El agua se ele-
vaba cada vez más y comenzó a pensar que de todos modos iba a perder la
marea. No estaba de muy buen humor, cuando exactamente en el mo-
mento de la pleamar, el hombre alto y delgado volvió a presentarse y pidió
que le mostraran dónde habían estibado su caja. Entonces, el capitán le dijo
que deseaba que tanto él como su caja estuvieran en el infierno. Pero el
hombre no se ofendió y bajó a la bodega con un tripulante, para ver dónde
se encontraba su caja. Luego, volvió a la cubierta y permaneció allí un rato,
envuelto en la niebla. Debió subir de la bodega solo, ya que nadie lo vio.
En realidad, no pensaron más en él, debido a que pronto la niebla comenzó
a levantarse y el tiempo aclaró completamente. Mis amigos sedientos y
malhablados sonrieron cuando me explicaron cómo el capitán maldijo en
más lenguas que nunca y tenía un aspecto más pintoresco que nunca, cu-
ando al preguntarles a otros marinos que se desplazaban hacia un lado y
otro del río a esa hora, descubrió que muy pocos de ellos habían visto nie-
bla en absoluto, excepto donde se encontraba él, cerca del muelle. Sin em-
bargo, el navío aparejó con marea menguante, e indudablemente para la
mañana debía encontrarse lejos de la desembocadura del río. Así pues,
mientras nos explicaban todo eso, debía encontrarse lejos ya, en alta mar.



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