Drácula


ante nosotros. Omne ignotum pro magnifico; así, con un gran peso en el
corazón, comenzamos a buscar los barcos que salieron anoche para el Mar
Negro. Estaba en un barco de vela, puesto que la señora Mina nos habló
de las velas en su visión. Esos barcos no son tan importantes como para
figurar en la lista que aparece en el Times y, por consiguiente, fuimos,
aceptando una sugestión de lord Godalming, a Lloyd's, donde están anota-
dos todos los barcos que aparejan, por pequeños que sean. Allí descubri-
mos que sólo un barco con destino al Mar Negro había salido
aprovechando las mareas. Es el Czarina Catherine y va de Doolittle Wharf
con destino a Varna, a otros puertos y, luego, remontará por el río Danu-
bio. "Entonces", dije yo, "ese es el barco en que navega el conde." Por
consiguiente, fuimos a Doolittle's Wharf y encontramos a un hombre en
una oficina tan diminuta que el hombre parecía ser mayor que ella. Le
preguntamos todo lo relativo a las andanzas del Czarina Catherine.
Maldijo mucho, su rostro se enrojeció y su voz era muy ríspida; pero no
era mal tipo, de todos modos, y cuando Quincey sacó algo del bolsillo y se
lo entregó, produciendo un crujido cuando el hombre lo tomó y lo metió
en una pequeña billetera que llevaba en las profundidades de sus ropas, se
convirtió en un tipo todavía mejor, y humilde servidor nuestro. Nos acom-
pañó y les hizo preguntas a varios hombres sudorosos y rudos; esos tam-
bién resultaron mejores tipos cuando aplacaron su sed. Hablaron mucho de
sangre y de otras cosas que no entendí, aunque adiviné qué era lo que
querían decir. Sin embargo, nos comunicaron todo lo que deseábamos sa-
ber.
"Nos comunicaron, entre otras cosas, que ayer, más o menos a las
cinco de la tarde, llegó un hombre. con mucho apresuramiento. Un hombre
alto, delgado y pálido, con nariz aquilina, dientes muy blancos y unos ojos
que parecían estar ardiendo. Que iba vestido todo de negro, con excepción
de un sombrero de paja que llevaba y que no le sentaba bien ni a él ni al
tiempo que estaba haciendo, y que distribuyó generosamente su dinero,
haciendo preguntas para saber si había algún barco que se dirigiera hacia el
Mar Negro, y hacia qué punto. Lo llevaron a las oficinas y al barco, a
bordo del cual no quiso subir, sino que se detuvo en el muelle y pidió que
el capitán fuera a verlo. El capitán acudió, cuando le dijeron que le pagaría
bien, y aunque maldijo mucho al principio, cerró trato con él. Entonces, el
hombre alto y delgado se fue, no sin que antes le indicara alguien donde
podía encontrar una carreta y un caballo. Pronto volvió, conduciendo él
mismo una carreta sobre la que había una gran caja, que descargó él solo,
aunque fueron necesarios varios hombres para llevarla a la grúa y para
meterla a la bodega del barco. Le dio muchas indicaciones al capitán re-
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