Bram Stoker


seguro de que Dios no permitirá que el mundo se empobrezca por la pér-
dida de una criatura semejante. Esa es una esperanza para mí. Nos estamos
dirigiendo todos hacia los escollos, y la esperanza es la única ancla que me
queda. Gracias a Dios, Mina está dormida y no tiene pesadillas. Temo pen-
sar en cuáles podrían ser sus pesadillas, con recuerdos tan terribles que
pueden provocarlas. No ha estado tan tranquila, por cuanto he podido ver,
desde la puesta del sol. Luego, durante un momento, se extendió en su
rostro una calma tal, que era como la primavera después de las tormentas
de marzo. Pensé en ese momento que debía tratarse del reflejo de la puesta
del sol en su rostro, pero, en cierto modo, ahora sé que se trataba de algo
mucho más profundo. No tengo sueño yo mismo, aunque estoy cansado...
Terriblemente cansado. Sin embargo, debo tratar de conciliar el sueño, ya
que tengo que pensar en mañana, y en que no podrá haber descanso para
mí hasta que...
Más tarde. Debo haberme quedado dormido, puesto que me ha
despertado Mina, que estaba sentada en el lecho, con una expresión llena
de asombro en el rostro. Podía ver claramente, debido a que no habíamos
dejado la habitación a oscuras; Mina me había puesto la mano sobre la
boca y me susurró al oído:
-¡Chist! ¡Hay alguien en el pasillo!
Me levanté cautelosamente y, cruzando la habitación, abrí la puerta
sin hacer ruido.
Cruzado ante el umbral, tendido en un colchón, estaba el señor
Morris, completamente despierto. Levantó una mano, para imponerme
silencio, y me susurró:
-¡Silencio! Vuelva a acostarse; no pasa nada. Uno de nosotros va a
permanecer aquí durante toda la noche. ¡No queremos correr ningún ri-
esgo!
Su expresión y su gesto impedían toda discusión, de modo que
volví a acostarme y le dije a Mina lo que sucedía. Ella suspiró y la sombra
de una sonrisa apareció en su rostro pálido, al tiempo que me rodeaba con
sus brazos y me decía suavemente:
-¡Oh, doy gracias a Dios, por todos los hombres buenos!
Dio un suspiro y volvió a acostarse de espaldas, para tratar de vol-
ver a dormirse. Escribo esto ahora porque no tengo sueño, aunque voy a
tratar también de dormirme.
4 de octubre, por la mañana. Mina me despertó otra vez en el
transcurso de la noche. Esta vez, habíamos dormido bien los dos, ya que
las luces del amanecer iluminaban ya las ventanas débilmente, y la lam-
parita de gas era como un punto, más que como un disco de luz.

315

315