Drácula


que no tome en cuenta tus palabras y que las considere como el lamento de
un hombre que ama y que tiene el corazón destrozado. ¡Oh, Dios mío!
¡Deja que sus pobres cabellos blancos sean una prueba de todo lo que ha
sufrido, él que en toda su vida no ha hecho daño a nadie, y sobre el que se
han acumulado tantas tristezas!
Todos los hombres presentes teníamos ya los ojos llenos de lágri-
mas. No pudimos resistir, y lloramos abiertamente. Ella también lloró al
ver que sus dulces consejos habían prevalecido. Su esposo se arrodilló a su
lado y, rodeándola con sus brazos, escondió el rostro en los vuelos de su
vestido. Van Helsing nos hizo una seña y salimos todos de la habitación,
dejando a aquellos dos corazones amantes a solas con su Dios.
Antes de que se retiraran a sus habitaciones, el profesor preparó la
habitación para protegerla de cualquier incursión del vampiro, y le aseguró
a la señora Harker que podía descansar en paz. Ella trató de convencerse
de ello y, para calmar a su esposo, aparentó estar contenta. Era una lucha
valerosa y quiero creer que no careció de recompensa. Van Helsing había
colocado cerca de ellos una campana que cualquiera de ellos debía hacer
sonar en caso de que se produjera cualquier eventualidad. Cuando se reti-
raron, Quincey, Godalming y yo acordamos que debíamos permanecer en
vela, repartiéndonos la noche entre los tres, para vigilar a la pobre dama y
custodiar su seguridad. La primera guardia le correspondió a Quincey, de
modo que el resto de nosotros debía acostarse tan pronto como fuera po-
sible. Godalming se ha acostado ya, debido a que él tiene el segundo turno
de guardia. Ahora que he terminado mi trabajo, yo también tengo que
acostarme.

Del diario de Jonathan Harker
3-4 de octubre, cerca de la medianoche. Creí que el día de ayer no
iba a terminar nunca. Tenía el deseo de dormirme, con la esperanza de que
al despertar descubriría que las cosas habían cambiado y que todos los
cambios serían en adelante para mejor. Antes de separarnos, discutimos
sobre cuál debería ser nuestro siguiente paso, pero no pudimos llegar a
ningún resultado. Lo único que sabíamos era que quedaba todavía una caja
de tierra y que solamente el conde sabía dónde se encontraba. Si desea
permanecer escondido, puede confundirnos durante años enteros y, mien-
tras tanto, el pensamiento es demasiado horrible; no puedo permitirme
pensar en ello en este momento. Lo que si sé es que si alguna vez ha exis-
tido una mujer absolutamente perfecta, esa es mi adorada y herida esposa.
La amo mil veces más por su dulce piedad de anoche; una piedad que hizo
que incluso el odio que le tengo al monstruo pareciera despreciable. Estoy
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