Drácula


de investigar un poco en la parte posterior de la casa, pero las caballerizas
estaban desiertas y nadie lo había visto salir.
La tarde estaba ya bastante avanzada y no faltaba ya mucho para la
puesta del sol. Tuvimos que reconocer que el trabajo había concluido y,
con tristeza, estuvimos de acuerdo con el profesor, cuando dijo:
-Regresemos con la señora Mina... Con la pobre señora Harker. Ya
hemos hecho todo lo que podíamos por el momento y, al menos, vamos a
poder protegerla. Pero es preciso que no desesperemos. No le queda al
vampiro más que una caja de tierra y vamos a tratar de encontrarla; cuando
lo logremos, todo irá bien.
Comprendí que estaba hablando tan valerosamente como podía
para consolar a Harker. El pobre hombre estaba completamente abatido y,
de vez en cuando, gemía, sin poder evitarlo... Estaba pensando en su
esposa.
Llenos de tristeza, regresamos a mi casa, donde hallamos a la
señora Harker esperándonos, con una apariencia de buen humor que hon-
raba su valor y su espíritu de colaboración. Cuando vio nuestros rostros, el
suyo propio se puso tan pálido como el de un cadáver: durante uno o dos
segundos, permaneció con los ojos cerrados, como si estuviera orando en
secreto y, después, dijo amablemente:
-Nunca podré agradecerles bastante lo que han hecho. ¡Oh, mi po-
bre esposo! -mientras hablaba, tomó entre sus manos la cabeza grisácea de
su esposo y la besó-. Apoya tu pobre cabeza aquí y descansa. ¡Todo estará
bien ahora, querido! Dios nos protegerá, si así lo desea.
El pobre hombre gruñó. No había lugar para las palabras en medio
de su sublime tristeza.
Cenamos juntos sin apetito, y creo que eso nos dio ciertos ánimos a
todos. Era quizá el simple calor animal que infunde el alimento a las perso-
nas hambrientas, ya que ninguno de nosotros había comido nada desde la
hora del desayuno, o es probable que sentir la camaradería que reinaba en-
tre nosotros nos consolara un poco, pero, sea como fuere, el caso es que
nos sentimos después menos tristes y pudimos pensar en lo porvenir con
cierta esperanza. Cumpliendo nuestra promesa, le relatamos a la señora
Harker todo lo que había sucedido, y aunque se puso intensamente pálida a
veces, cuando su esposo estuvo en peligro, y se sonrojó otras veces, cu-
ando se puso de manifiesto la devoción que sentía por ella, escuchó todo el
relato valerosamente y conservando la calma. Cuando llegamos al mo-
mento en que Harker se había lanzado sobre el conde, con tanta decisión,
se asió con fuerza del brazo de su marido y permaneció así, como si
sujetándole el brazo pudiera protegerlo contra cualquier peligro que hu-
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