Drácula


la vieja costumbre parecía renovarse instintivamente. Dando una ojeada
rápida a la habitación, estableció inmediatamente nuestro plan de acción y,
sin pronunciar ni una sola palabra, con el gesto, nos colocó a todos en
nuestros respectivos puestos. Van Helsing, Harker y yo estábamos situa-
dos inmediatamente detrás de la puerta, de tal manera que, en cuanto se
abriera, el profesor pudiera guardarla, mientras Harker y yo nos colo-
caríamos entre el recién llegado y la puerta. Godalming detrás y Quincey
enfrente, estaban dispuestos a dirigirse a las ventanas, escondidos por el
momento donde no podían ser vistos. Esperamos con una impaciencia tal
que hizo que los segundos pasaran con una lentitud de verdadera pesadilla.
Los pasos lentos y cautelosos atravesaron el vestíbulo... El conde, eviden-
temente, estaba preparado para una sorpresa o, al menos, la temía.
Repentinamente, con un salto enorme, penetró en la habitación,
pasando entre nosotros antes de que ninguno pudiera siquiera levantar una
mano para tratar de detenerlo. Había algo tan felino en el movimiento, algo
tan inhumano, que pareció despertarnos a todos del choque que nos había
producido su llegada. El primero en entrar en acción fue Harker, que, con
un rápido movimiento, se colocó ante la puerta que conducía a la habi-
tación del frente de la casa. Cuando el conde nos vio, una especie de sini-
estro gesto burlón apareció en su rostro, descubriendo sus largos y
puntiagudos colmillos; pero su maligna sonrisa se desvaneció rápidamente,
siendo reemplazada por una expresión fría de profundo desdén. Su expre-
sión volvió a cambiar cuando, todos juntos, avanzamos hacia él. Era una
lástima que no hubiéramos tenido tiempo de preparar algún buen plan de
ataque, puesto que en ese mismo momento me pregunté qué era lo que
íbamos a hacer. No estaba convencido en absoluto de si nuestras armas
letales nos protegerían. Evidentemente, Harker estaba dispuesto a ensayar,
puesto que preparó su gran cuchillo kukri y le lanzó al conde un tajo terri-
ble. El golpe era poderoso; solamente la velocidad diabólica de des-
plazamiento del conde le permitió salir con bien. Un segundo más y la hoja
cortante le hubiera atravesado el corazón. En realidad, la punta sólo cortó
el tejido de su chaqueta, abriendo un enorme agujero por el que salieron un
montón de billetes de banco y un chorro de monedas de oro. La expresión
del rostro del conde era tan infernal que durante un momento temí por
Harker, aunque él estaba ya dispuesto a descargar otra cuchillada. Instinti-
vamente, avancé, con un impulso protector, manteniendo el crucifijo y la
Sagrada Hostia en la mano izquierda. Sentí que un gran poder corría por
mi brazo y no me sorprendí al ver al monstruo que retrocedía ante el
movimiento similar que habían hecho todos y cada uno de mis amigos.
Sería imposible describir la expresión de odio y terrible malignidad, de ira y
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