Drácula


preparado su habitación, colocando cosas que sabemos que le impiden al
monstruo la entrada. Ahora, déjeme protegerla a usted misma. En su
frente, le pongo este fragmento de la Sagrada Hostia, en el nombre del Pa-
dre, y del Hijo, y del...
Se produjo un grito de terror que casi heló la sangre en nuestras ve-
nas. Cuando el profesor colocó la Hostia sobre la frente de Mina, la había
traspasado..., había quemado la frente de mi esposa, como si se tratara de
un metal al rojo vivo. Mi pobre Mina comprendió inmediatamente el sig-
nificado de aquel acto, al mismo tiempo que su sistema nervioso recibía el
dolor físico, y los dos sentimientos la abrumaron tanto que fueron expresa-
dos en aquel terrible grito. Pero las palabras que acompañaban a su
pensamiento llegaron rápidas. Todavía no había cesado completamente el
eco de su grito, cuando se produjo la reacción, y se desplomó de rodillas al
suelo, humillándose. Se echó su hermoso cabello sobre el rostro, como
para cubrirse la herida, y exclamó:
-¡Sucia! ¡Sucia! ¡Incluso el Todopoderoso castiga mi carne cor-
rompida! ¡Tendré que llevar esa marca de vergüenza en la frente hasta el
Día del Juicio Final!
Todos guardaron silencio. Yo mismo me había arrojado a su lado,
en medio de una verdadera agonía, sintiéndome impotente, y, rodeándola
con mis brazos, la mantuve fuertemente abrazada a mí. Durante unos mi-
nutos, nuestros corazones angustiados batieron al unísono, mientras que
los amigos que se encontraban cerca de nosotros, volvieron a otro lado sus
ojos arrasados de lágrimas. Entonces, van Helsing se volvió y dijo grave-
mente, en tono tan grave que no pude evitar el pensar que estaba siendo
inspirado en cierto modo, y estaba declarando algo que no salía de él
mismo:
-Es posible que tenga usted que llevar esa marca hasta que Dios
mismo lo disponga o para que la vea durante el Juicio Final, cuando en-
derece todos los errores de la tierra y de Sus hijos que ha colocado en ella.
Y mi querida señora Mina, ¡deseo que todos nosotros, que la amamos,
podamos estar presentes cuando esa cicatriz rojiza desaparezca, dejando su
frente tan limpia y pura como el corazón que todos conocemos! Ya que
estoy tan seguro como de que estoy vivo de que esa cicatriz desaparecerá
en cuanto Dios disponga que concluya de pesar sobre nosotros la carga
que nos abruma. Hasta entonces, llevaremos nuestra cruz como lo hizo Su
Hijo, obedeciendo Su voluntad. Es posible que seamos instrumentos
escogidos de Su buena voluntad y que obedezcamos a Su mandato entre
estigmas y vergüenzas; entre lágrimas y sangre; entre dudas y temores, y
por medio de todo lo que hace que Dios y los hombres seamos diferentes.
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