Bram Stoker


-¡Entonces, en el nombre del cielo, vámonos inmediatamente! ¡Es-
tamos perdiendo el tiempo! El conde puede llegar a Piccadilly antes de lo
que pensamos.
-¡De ninguna manera! -dijo van Helsing, levantando una mano.
-¿Por qué no? -inquirí.
-¿Olvida usted que anoche se dio un gran banquete y que, por con-
siguiente, dormirá hasta una hora muy avanzada? -dijo, con una sonrisa.
¡No lo olvidé! ¿Lo olvidaré alguna vez..., podré llegar a olvidarlo?
¿Podrá alguno de nosotros olvidar alguna vez esa terrible escena? Mina
hizo un poderoso esfuerzo para no perder el control, pero el dolor la ven-
ció y se cubrió el rostro con ambas manos, estremeciéndose y gimiendo.
Van Helsing no había tenido la intención de recordar esa terrible experien-
cia. Sencillamente, se había olvidado de ella y de la parte que había tenido,
debido a su esfuerzo mental. Cuando comprendió lo que acababa de decir,
se horrorizó a causa de su falta de tacto y se esforzó en consolar a mi
esposa.
-¡Oh, señora Mina! -dijo-. ¡No sabe cómo siento que yo, que la re-
speto tanto, haya podido decir algo tan desagradable! Mis estúpidos y
viejos labios y mi inútil cabeza no merecen su perdón; pero lo olvidará,
¿verdad?
El profesor se inclinó profundamente junto a ella, al tiempo que
hablaba. Mina le tomó la mano y, mirándolo a través de un velo de lágri-
mas, le dijo, con voz ronca:
-No, no debo olvidarlo, puesto que es justo que lo recuerde;
además, en medio de todo ello hay muchas cosas de usted que son muy
dulces, debo recordarlo todo. Ahora, deben irse pronto todos ustedes. El
desayuno está preparado y debemos comer todos algo, para estar fuertes.
El desayuno fue una comida extraña para todos nosotros. Tratamos
de mostrarnos alegres y de animarnos unos a otros y Mina fue la más ale-
gre y valerosa de todos. Cuando concluimos, van Helsing se puso en pie y
dijo:
-Ahora, amigos míos, vamos a ponernos en marcha para emprender
nuestra terrible tarea. ¿Estamos armados todos, como lo estábamos el día
en que fuimos por primera vez a visitar juntos el refugio de Carfax, arma-
dos tanto contra los ataques espirituales como contra los físicos?
Todos asentimos.
-Muy bien. Ahora, señora Mina, está usted aquí completamente a
salvo hasta la puesta del sol y yo volveré antes de esa hora..., sí... ¡Volver-
emos todos! Pero, antes de que nos vayamos quiero que esté usted armada
contra los ataques personales. Yo mismo, mientras estaba usted fuera, he

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