Drácula


mente pálida..., casi espectral y tan delgada que sus labios estaban retira-
dos, haciendo que los dientes resaltaran en cierto modo. No mencioné
nada, para evitar causarle un profundo dolor, pero sentí que se me helaba
la sangre en las venas al pensar en lo que le había sucedido a la pobre
Lucy, cuando el conde le había sorbido la sangre de sus venas. Todavía no
había señales de que los dientes comenzaran a agudizarse, pero no había
pasado todavía mucho tiempo y había ocasión de temer.
Cuando llegamos a la discusión de la secuencia de nuestros esfuer-
zos y de la disposición de nuestras fuerzas, hubo nuevas dudas. Final-
mente, nos pusimos de acuerdo en que antes de ir a Piccadilly, teníamos
que destruir el refugio que tenía el conde cerca de allí. En el caso de que se
diera cuenta demasiado pronto de lo que estábamos haciendo, debíamos
estar ya adelantados en nuestro trabajo de destrucción, y su presencia, en
su forma natural y en el momento de mayor debilidad, podría facilitarnos
todavía más indicaciones útiles.
En cuanto a la disposición de nuestras fuerzas, el profesor sugirió
que, después de nuestra visita a Carfax, debíamos entrar todos a la casa de
Piccadilly; que los dos doctores y yo deberíamos permanecer allí, mientras
Quincey y lord Godalming iban a buscar los refugios de Walworth y Mile
End y los destruían. Era posible, aunque no probable, que el conde apare-
ciera en Piccadilly durante el día y, en ese caso, estaríamos en condiciones
de acabar con él allí mismo. En todo caso, estaríamos en condiciones de
seguirlo juntos. Yo objeté ese plan, en lo relativo a mis movimientos,
puesto que pensaba quedarme a cuidar a Mina; creía que estaba bien de-
cidido a ello; pero ella no quiso escuchar siquiera esa objeción. Dijo que
era posible que se presentara algún asunto legal en el que yo pudiera re-
sultar útil; que entre los papeles del conde podría haber algún indicio que
yo pudiera interpretar debido a mi estancia en Transilvania y que de todos
modos, debíamos emplear todas las fuerzas de que disponíamos para en-
frentarnos al tremendo poder del monstruo. Tuve que ceder, debido a que
Mina había tomado su resolución al respecto; dijo que su última esperanza
era que pudiéramos trabajar todos juntos.
-En cuanto a mí -dijo-, no tengo miedo. Las cosas han sido ya tan
sumamente malas que no pueden ser peores, y cualquier cosa que suceda
debe encerrar algún elemento de esperanza o de consuelo. ¡Vete, esposo
mío! Dios, si quiere hacerlo, puede ayudarme y defenderme lo mismo si
estoy sola que si estoy acompañada por todos ustedes.
Por consiguiente, volví a comenzar a dar gritos:



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