Drácula


El profesor no se movió, sino que se limitó a decir:
-¿Y cómo vamos a poder entrar a esa casa de Piccadilly?
-¡De cualquier modo! -exclamé-. Por efracción, si es necesario.
-Y la policía de ustedes, ¿dónde estará y qué dirá?
Estaba desesperado, pero sabía que, si esperaba, tenía una buena
razón para hacerlo. Por consiguiente, dije, con toda la calma de que fui
capaz:
-No espere más de lo que sea estrictamente necesario. Estoy seguro
de que se da perfectamente cuenta de la tortura a que estoy siendo
sometido.
-¡Puede estar seguro de ello, amigo mío! Y créame que no tengo
ningún deseo de añadir todavía mas sufrimiento al que ya está soportando.
Pero tenemos que pensar antes de actuar, hasta el momento en que todo el
mundo esté en movimiento. Entonces llegará el momento oportuno para
entrar en acción. He reflexionado mucho, y me parece que el modo más
simple es el mejor de todos. Deseamos entrar a la casa, pero no tenemos
llave. ¿No es así?
Asentí.
-Supongamos ahora que usted fuera realmente el dueño de la casa,
que hubiera perdido la llave y que no tuviera conciencia de delincuente,
puesto que estaría en su derecho... ¿Qué haría?
-Buscaría a un respetable cerrajero, y lo pondría a trabajar, para que
me franqueara la entrada.
-Pero, la policía intervendría, ¿no es así?
-¡No! ¡No intervendría, sabiendo que el cerrajero estaba trabajando
para el dueño de la casa.
-Entonces -me miró fijamente, al tiempo que continuaba-, todo lo
que estará en duda es la conciencia y la opinión de la policía en cuanto a si
es el propietario quien recurrió al cerrajero y la opinión de la policía en cu-
anto a si el artesano está trabajando o no de acuerdo con las leyes. Su
policía debe estar compuesta de hombres cuidadosos e inteligentes, ex-
traordinariamente inteligentes para leer el corazón humano, si es que han
de estar seguros de lo que deben hacer. No, no, amigo Jonathan, puede
usted ir a abrir las cerraduras de un centenar de casas vacías en su Londres
o en cualquier ciudad del mundo, y si lo hace de tal modo que parezca cor-
recto, nadie intervendrá en absoluto. He leído algo sobre un caballero que
tenía una hermosa casa en Londres y cuando fue a pasar los meses del ve-
rano en Suiza, dejando su casa cerrada, un delincuente rompió una de las
ventanas de la parte posterior y entró. Luego se dirigió al frente, abrió las
ventanas, levantó las persianas y salió por la puerta principal, ante los mis-
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