Bram Stoker


deseaba entrar en detalles sobre ese asunto; era preciso tener en cuenta la
posibilidad de una encuesta, y no contribuiría en nada a demostrar la ver-
dad, puesto que nadie sería capaz de creerla. En tales circunstancias, pen-
saba que, de acuerdo con las declaraciones del asistente, podría extender
un certificado de defunción por accidente, debido a una caída de su cama.
En caso de que el forense lo exigiera, habría una encuesta que conduciría
exactamente al mismo resultado.
Cuando comenzamos a discutir lo relativo a cuál debería ser nuestro
siguiente paso, lo primero de todo que decidimos era que Mina debía go-
zar de entera confianza y estar al corriente de todo; que nada, absoluta-
mente nada, por horrible o doloroso que fuera, debería ocultársele. Ella
misma estuvo de acuerdo en cuanto a la conveniencia de tal medida, y era
una verdadera lástima verla tan valerosa y, al mismo tiempo, tan llena de
dolor y de desesperación.
-No deben ocultarme nada -dijo-. Desafortunadamente, ya me han
ocultado demasiadas cosas. Además, no hay nada en el mundo que pueda
causarme ya un dolor mayor que el que he tenido que soportar..., ¡que to-
davía estoy sufriendo! ¡Sea lo que sea lo que suceda, significará para mí un
consuelo y una renovación de mis esperanzas!
Van Helsing la estaba mirando fijamente, mientras hablaba, y dijo,
repentinamente, aunque con suavidad:
-Pero, querida señora Mina, ¿no tiene usted miedo, si no por usted,
al menos por los demás, después de lo que ha pasado?
El rostro de Mina se endureció, pero sus ojos brillaron con la misma
devoción de una mártir, cuando respondió:
-¡No! ¡Mi mente se ha acostumbrado ya a la idea!
-¿A qué idea? -preguntó el profesor suavemente, mientras per-
manecíamos todos inmóviles, ya que todos nosotros, cada uno a su
manera, teníamos una ligera idea de lo que deseaba decir.
Su respuesta fue dada con toda sencillez, como si estuviera simple-
mente constatando un hecho seguro:
-Porque si encuentro en mí (y voy a vigilarme con todo cuidado)
algún signo de que pueda ser causa de daños para alguien a quien amo,
¡debo morir!
-¿Se matará usted misma? -preguntó van Helsing, con voz ronca.
-Lo haré, si no hay ningún amigo que desee salvarme, evitándome
ese dolor y ese esfuerzo desesperado.
Mina miró al profesor gravemente, al tiempo que hablaba. Van Hel-
sing estaba sentado, pero de pronto se puso en pie, se acercó a ella y,
poniéndole suavemente la mano sobre la cabeza, declaró solemnemente:

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