Bram Stoker


sidades. Pero ahora debo castigarla por lo que ha hecho aliándose a los
demás para combatirme. De ahora en adelante acudirá a mi llamado. Cu-
ando mi mente ordene, pensando en usted, cruzará tierras y mares si es
preciso para acudir a mi lado y hacer mi voluntad, y para asegurarme de
ello, ¡mire lo que hago!" Entonces, se abrió la camisa, y con sus largas y
agudas uñas, se abrió una vena en el pecho. Cuando la sangre comenzó a
brotar, tomó mis manos en una de las suyas, me las apretó con firmeza y,
con su mano libre, me agarró por el cuello y me obligó a apoyar mi boca
contra su herida, de tal modo que o bien me ahogaba o estaba obligada a
tragar... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho para
merecer un destino semejante, yo, que he intentado permanecer en el
camino recto durante todos los días de mi vida? ¡Ten piedad de mí, Dios
mío! ¡Baja tu mirada sobre mi pobre alma que está sujeta a un peligro más
que mortal! ¡Compadécete de mí!
Entonces, comenzó a frotarse los labios, como para evitar la con-
taminación.
Mientras narraba su terrible historia, el cielo, al oriente, comenzó a
iluminarse, y todos los detalles de la habitación fueron apareciendo con
mayor claridad. Harker permanecía inmóvil y en silencio, pero en su rostro,
conforme el terrible relato avanzaba, apareció una expresión grisácea que
fue profundizándose a medida que se hacía más clara la luz del día; cuando
el resplandor rojizo del amanecer se intensificó, su piel resaltaba, muy os-
cura, contra sus cabellos, que se le iban poniendo blancos.
Hemos tomado disposiciones para permanecer siempre uno de
nosotros atento al llamado de la infeliz pareja, hasta que podamos reunir-
nos todos y dispongamos todo lo necesario para entrar en acción. Estoy
seguro de que el sol no se elevará hoy sobre ninguna casa que esté más
sumida en la tristeza que ésta.




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