Bram Stoker


vio, se echó hacia atrás, con un gemido bajo y un susurro, en medio de
tremendos sollozos:
-¡Sucio, sucio! No debo volver a tocarlo ni a besarlo. ¡Oh! Es posi-
ble que sea yo ahora su peor enemigo y que sea de mí de quien mayor te-
mor deba él sentir.
Al oír eso, Jonathan habló con resolución.
-¡Nada de eso, Mina! Me avergüenzo de oír esas palabras; no
quiero que digas nada semejante de ti misma, ni quiero que pienses siquiera
una cosa semejante. ¡Que Dios me juzgue con dureza y me castigue con un
sufrimiento todavía mayor que el de estos momentos, si por cualquier acto
o palabra mía hay un alejamiento entre nosotros!
Extendió los brazos y la atrajo hacia su pecho. Durante unos in-
stantes, su esposa permaneció abrazada a él, sollozando. Jonathan nos
miró por encima de la cabeza inclinada de su esposa, con ojos brillantes,
que parpadeaban sin descanso, al tiempo que las ventanas de su nariz tem-
blaban convulsivamente y su boca adoptaba la dureza del acero. Al cabo
de unos momentos, los sollozos de la señora Harker se hicieron menos
frecuentes y más suaves y, entonces, Jonathan me dijo, hablando con una
calma estudiada que debía estar poniendo a ruda prueba sus nervios:
-Y ahora, doctor Seward, cuénteme todo lo ocurrido. Ya conozco
demasiado bien lo que sucedió, pero reláteme todos los detalles, por favor.
Le expliqué exactamente qué había sucedido y me escuchó con im-
pasibilidad forzada, pero las ventanas de la nariz le temblaban y sus ojos
brillaban cuando le expliqué cómo las manos del conde sujetaban a su
esposa en aquella terrible y horrenda posición, con su boca apoyada en la
herida abierta de su garganta. Me interesó, incluso en ese momento, el ver
que, aunque el rostro blanco por la pasión se contorsionaba convulsi-
vamente sobre la cabeza inclinada de la señora Harker, las manos acaricia-
ban suave y cariñosamente el cabello ensortijado de su esposa.
Cuando terminé de hablar, Quincey y Godalming llamaron a la pu-
erta. Entraron, después de que les dimos permiso para hacerlo. Van Hel-
sing me miró interrogadoramente. Comprendí que quería indicarme que
quizá sería conveniente aprovecharnos de la llegada de nuestros dos ami-
gos para distraer la atención de los esposos atribulados, con el fin de que
no se fijaran por el momento uno en el otro; así pues, cuando le hice un
signo de asentimiento, el profesor les preguntó a los recién llegados qué
habían visto o hecho. Lord Godalming respondió:
-No lo encontré en el pasillo ni en ninguna de nuestras habitaciones.
Miré en el estudio; pero, aun cuando había estado allí, ya se había ido. Sin
embargo...

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