Drácula


tes y, entonces, pareció que la conciencia volvía a él por completo, y em-
pezó a erguirse. Su esposa se incorporó a causa del rápido movimiento y
se volvió hacia él, con los brazos extendidos, como para abrazarlo; sin em-
bargo, inmediatamente los echó hacia atrás, juntó los codos y se cubrió de
nuevo el rostro, estremeciéndose de tal modo, que el lecho temblaba vio-
lentamente bajo su cuerpo.
-¡En nombre del cielo! ¿Qué significa esto? -exclamó Harker-.
Doctor Seward, doctor van Helsing, ¿qué significa esto? ¿Qué ha
sucedido? Mina, querida, ¿qué ocurre? ¿Qué significa esa sangre? ¡Dios
mío, Dios mío! ¡Ha estado aquí! -e incorporándose, hasta quedar de rodil-
las, juntó las manos-. ¡Dios mío!, ¡ayúdanos! ¡Ayúdala! ¡Oh, Dios mío,
ayúdala!
Con un movimiento rápido, saltó de la cama y comenzó a vestirse.
Todo su temple de hombre despertó de improviso, sintiendo la necesidad
de entrar en acción inmediatamente.
-¿Qué ha sucedido? ¡Explíquenmelo todo! -dijo, sin hacer ninguna
pausa-. Doctor van Helsing, sé que usted ama a Mina. ¡Haga algo por sal-
varla! No es posible que sea demasiado tarde. ¡Cuídela, mientras yo voy a
buscarlo a él! -su esposa, en medio de su terror, de su horror y de su de-
sesperación, vio algún peligro seguro para él, puesto que, inmediatamente,
olvidando su propio dolor, se aferró a él y gritó:
-¡No, no! ¡Jonathan! ¡No debes dejarme sola! Ya he sufrido bas-
tante esta noche, Dios lo sabe bien, sin temer que él te haga daño a ti.
¡Tienes que quedarte conmigo! ¡Quédate con nuestros amigos, que cui-
darán de ti!
Su expresión se hizo frenética, al tiempo que hablaba; y, mientras él
cedía hacia ella, Mina lo hizo inclinarse, sentándolo en el borde de la cama
y aferrándose a él con todas sus fuerzas.
Van Helsing y yo tratamos de calmarlos a ambos. El profesor con-
servaba en la mano su crucifijo de oro y dijo con una calma maravillosa:
-No tema usted, querida señora. Estamos nosotros aquí con ust-
edes, y mientras este crucifijo esté a su lado, no habrá ningún monstruo de
esos que pueda acercársele. Está usted a salvo esta noche, y nosotros
debemos tranquilizarnos y consolarnos juntos.
La señora Harker se estremeció y guardó silencio, manteniendo la
cabeza apoyada en el pecho de su esposo. Cuando alzó ella el rostro, la
camisa blanca de su esposo estaba manchada de sangre en el lugar en que
sus labios se habían posado y donde la pequeña herida abierta que tenía en
el cuello había dejado escapar unas gotitas. En cuanto la señora Harker lo


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