Bram Stoker


sobre la cama como si tuviera un lastre, se lanzó sobre nosotros. Pero, para
entonces, el profesor se había puesto ya en pie y tendía hacia él el sobre
que contenía la Sagrada Hostia. El conde se detuvo repentinamente, del
mismo modo que la pobre Lucy lo había hecho fuera de su tumba, y retro-
cedió. Retrocedió al tiempo que nosotros, con los crucifijos en alto, avan-
zábamos hacia él. La luz de la luna desapareció de pronto, cuando una
gran nube negra avanzó en el cielo, y cuando Quincey encendió la lam-
parita de gas con un fósforo, no vimos más que un ligero vapor que desa-
parecía bajo la puerta que, con el retroceso natural después de haber sido
abierta bruscamente, estaba en su antigua posición. Van Helsing, Art y yo,
nos dirigimos apresuradamente hacia la señora Harker, que para entonces
había recuperado el aliento y había proferido un grito tan agudo, tan pene-
trante y tan lleno de desesperación, que me pareció que iba a poder es-
cucharlo hasta los últimos instantes de mi propia vida. Durante unos
segundos, permaneció en su postura llena de impotencia y de desespera-
ción. Su rostro estaba fantasmal, con una palidez que era acentuada por la
sangre que manchaba sus labios, sus mejillas y su barbilla; de su cuello sur-
gía un delgado hilillo de sangre; sus ojos estaban desorbitados de terror.
Entonces, se cubrió el rostro con sus pobres manos lastimadas, que lle-
vaban en su blancura la marca roja de la terrible presión ejercida por el
conde sobre ellas, y de detrás de sus manos salió un gemido de desolación
que hizo que el terrible grito de unos instantes antes pareciera solamente la
expresión de un dolor interminable. Van Helsing avanzó y cubrió el cuerpo
de la dama con las sábanas, con suavidad, mientras Art, mirando un in-
stante su rostro pálido, con la desesperación reflejada en el semblante, salió
de la habitación.
Van Helsing me susurró:
-Jonathan es víctima de un estupor como sabemos que sólo el vam-
piro puede provocarlo. No podemos hacer nada por la pobre señora Mina
durante unos momentos, en tanto no se recupere. ¡Debo despertar a su
esposo!
Metió la esquina de una toalla en agua fría y comenzó a frotarle el
rostro a Jonathan. Mientras tanto, su esposa se cubría el pálido rostro con
ambas manos y sollozaba de tal modo, que resultaba desgarrador oírla.
Levanté los visillos y miré por la ventana, hacia el exterior, y en ese mo-
mento vi a Quincey Morris que corría sobre el césped y se escondía detrás
de un tejo. No logré imaginarme qué estaba haciendo allí; pero, en ese
momento, oí la rápida exclamación de Harker, cuando recuperó en parte el
sentido y se volvió hacia la cama. En su rostro, como era muy natural,
había una expresión de total estupefacción. Pareció atontado unos instan-

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