Drácula


-Es preciso -dijo van Helsing tristemente-. Si la puerta está cerrada,
la forzaremos para entrar.
-¿No la asustaremos terriblemente? ¡No es natural entrar por efrac-
ción en la habitación de una dama!
Van Helsing dijo solemnemente:
-Tiene usted toda la razón, pero se trata de una cuestión de vida o
muerte. Todas las habitaciones son iguales para un médico, e incluso si no
lo fueran, esta noche son todas como una sola. Amigo John, cuando haga
girar la perilla, si la puerta no se abre, ¿quiere usted apoyar el hombro y
abrirla a la fuerza? ¿Y ustedes también, amigos míos? ¡Ahora!
Hizo girar la perilla de la puerta al tiempo que hablaba, pero la pu-
erta no se abrió. Nos lanzamos todos contra ella y, con un ruido seco, se
abrió de par en par. Caímos a la habitación y estuvimos a punto de perder
todos el equilibrio. En efecto, el profesor cayó de bruces, y pude ver por
encima de él, mientras se levantaba sobre las manos y las rodillas. Lo que
vi me dejó estupefacto. Sentí que el cabello se me ponía rígido, como cer-
das, en la parte posterior del cuello; el corazón pareció detenérseme.
La luz de la luna era tan fuerte que, a través de los espesos visillos
amarillentos, la habitación podía verse con claridad. Sobre la cama, al lado
de la ventana, estaba tendido Jonathan Harker, con el rostro sonrojado y
respirando pesadamente, como presa de estupor. Arrodillada sobre el
borde más cercano del lecho que daba al exterior, se distinguía la figura
blanca de su esposa. A su lado estaba un hombre alto y delgado, vestido de
negro. Tenía el rostro vuelto hacia el otro lado, pero en cuanto lo vimos,
reconocimos todos al conde..., con todos los detalles, incluso con la cica-
triz que tenía en la frente. Con su mano izquierda tenía sujetas las dos
manos de la señora Harker, apartándolas junto con sus brazos; su mano
derecha la aferraba por la parte posterior del cuello, obligándola a inclinar
la cabeza hacia su pecho. Su camisón blanco de dormir estaba manchado
de sangre y un ligero reguero del mismo precioso líquido corría por el
pecho desnudo del hombre, que aparecía por una rasgadura de sus ropas,
La actitud de los dos tenía un terrible parecido con un niño que estuviera
obligando a un gatito a meter el hocico en un platillo de leche, para que
beba. Cuando entramos precipitadamente en la habitación, el conde volvió
la cabeza y en su rostro apareció la expresión infernal que tantas veces
había oído describir. Sus ojos brillaron, rojizos, con una pasión demoníaca;
las grandes ventanas de su nariz blanca y aquilina estaban distendidas y
temblaban ligeramente; y sus dientes blancos y agudos, detrás de los labios
gruesos de la boca succionadora de sangre, estaban apretados, como los de
un animal salvaje. Girando bruscamente, de tal modo que su víctima cayó
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