Drácula


tar llamando a alguien, sin pronunciar una sola palabra. Una masa oscura
se extendió sobre el césped y avanzó como las llamas en un incendio.
Apartó la niebla a derecha e izquierda y pude ver que había miles y miles
de ratas, con ojos rojos iguales a los de él, sólo que más pequeños. Man-
tuvo la mano en alto, y todas las ratas se detuvieron; y pensé que parecía
estar diciéndome: "¡Te daré todas esas vidas y muchas más y más impor-
tantes, a través de los tiempos sin fin, si aceptas postrarte y adorarme!" Y
entonces, una nube rojiza, del color de la sangre, pareció colocarse ante
mis ojos y, antes de saber qué estaba haciendo, estaba abriendo el ven-
tanillo de esa ventana y diciéndole: "¡Entre, Amo y Señor!" Todas las ratas
se habían ido, pero él se introdujo en la habitación por la ventana, a pesar
de que solamente estaba entreabierta unos centímetros..., como la luna ha
aparecido muchas veces por un pequeño resquicio y se ha presentado
frente a mí en todo su tamaño y esplendor.
Su voz se hizo más débil, de modo que volví a humedecerle los la-
bios con el brandy y continuó hablando, pero parecía como si su memoria
hubiera continuado funcionando en el intervalo, puesto que su relato había
avanzado bastante ya, cuando volvió a tomar la palabra. Estaba a punto de
hacerlo volver al punto en que se había quedado, cuando van Helsing me
susurró:
-Déjelo seguir. No lo interrumpa; no puede volver atrás, y quizá no
pueda continuar en absoluto, una vez que pierda el hilo de sus pensamien-
tos.
Renfield agregó:
-Esperé todo el día tener noticias suyas, pero no me envió nada; ni
siquiera una mosca, y cuando salió la luna, yo estaba muy enfadado con él.
Cuando se introdujo por la ventana, a pesar de que estaba cerrado, sin
molestarse siquiera en llamar, me enfurecí mucho. Se burló de mí y su
rostro blanco surgió de entre la niebla, mientras sus ojos rojizos brillaban, y
se paseó por la habitación como si toda ella le perteneciera y como si yo no
existiera. No tenía ni siquiera el mismo olor cuando pasó a mi lado. No
pude detenerlo. Creo que, de algún modo, la señora Harker había entrado
en la habitación.
Los dos hombres que estaban sentados junto a la cama se pusieron
en pie y se acercaron, quedándose detrás del herido, de tal modo que él no
pudiera verlos, pero en donde podían oír mejor lo que estaba diciendo. Los
dos estaban silenciosos, pero el profesor se sobresaltó y se estremeció; sin
embargo, su rostro adquirió una expresión más firme y grave. Renfield
continuó adelante, sin darse cuenta de nada:


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