Bram Stoker


tes de morir, o antes de que mi cerebro destrozado muera. ¡Gracias!
Sucedió aquella noche, después de que salió usted de aquí, cuando le im-
ploré que me dejara salir del asilo. No podía hablar, ya que sentía que mi
lengua estaba atada; pero estaba tan cuerdo entonces, exceptuando el
hecho de que no podía hablar, como ahora. Estuve desesperado durante
mucho tiempo después de que se fue usted de mi habitación; debieron
pasar varias horas. Luego, sentí una paz repentina. Mi cerebro pareció vol-
ver a funcionar fríamente y comprendí dónde me encontraba. Oí que los
perros ladraban detrás de la casa, pero, ¡no donde estaba él!
Mientras el paciente hablaba, van Helsing lo miraba sin parpadear,
pero alargó la mano, tomó la mía y me la apretó con fuerza. Sin embargo,
no se traicionó; asintió ligeramente y dijo en voz muy baja:
-Continúe.
Renfield continuó diciendo:
-Llegó hasta la ventana en medio de la niebla, como lo había visto
antes, con frecuencia; pero entonces era algo sólido, no un fantasma, y sus
ojos eran feroces, como los de un hombre encolerizado. Su boca roja es-
taba riendo y sus dientes blancos y agudos brillaban bajo el resplandor de la
luna, al tiempo que miraba hacia los árboles, hacia donde los perros es-
taban ladrando. No le pedí que entrara al principio, aunque sabía que dese-
aba hacerlo... como había querido hacerlo siempre. Luego, comenzó a
prometerme cosas..., no con palabras sino haciéndolas verdaderamente.
Fue interrumpido por una palabra del profesor.
-¿Cómo?
-Haciendo que las cosas sucedieran; del mismo modo que acostum-
braba mandarme las moscas cuando brillaba el sol. Grandes moscas bien
gordas, con acero y zafiros en sus alas; y enormes palomillas, por las no-
ches, con calaveras y tibias cruzadas.
Van Helsing asintió en dirección al oído, al mismo tiempo que me
susurraba a mí, de manera inconsciente:
-La Acherontia Atropos de las Esfinges, lo que ustedes llaman la
"polilla de la calavera", ¿no es así?
El paciente continuó hablando, sin hacer ninguna pausa:
-Entonces comenzó a susurrar: "¡Ratas, ratas, ratas! Cientos, miles,
millones de ellas y cada una de ellas es una vida; y perros para comerlas y
también gatos. ¡Todos son vida! Todos tienen sangre roja con muchos
años de vida en ellos; ¡no sólo moscas zumbadoras!" Yo me reí de él, de-
bido a que deseaba ver qué podía hacer. Entonces, los perros aullaron, a lo
lejos, más allá de los árboles oscuros, en su casa. Me hizo acercarme a la
ventana. Me puse en pie, miré al exterior y él alzó los brazos y pareció es-

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