Bram Stoker


del paciente y notó el horrible charco de sangre que había en el suelo, dijo
suavemente:
-¡Dios santo! ¿Qué le ha sucedido? ¡Pobre diablo!
Se lo expliqué brevemente y añadí que esperábamos que recuper-
aría el conocimiento después de la operación..., al menos durante un corto
tiempo. Fue inmediatamente a sentarse al borde de la cama, con Go-
dalming a su lado, y esperamos todos pacientemente.
-Debemos esperar -dijo van Helsing- para determinar el mejor sitio
posible en donde poder practicar la trepanación, para poder retirar el
coágulo de sangre con la mayor rapidez y eficiencia posibles, ya que es
evidente que la hemorragia va en aumento.
Los minutos durante los cuales estuvimos esperando pasaron con
espantosa lentitud. Tenía un pensamiento terrible, y por el semblante de
van Helsing comprendí que sentía cierto temor o aprensión de lo que iba a
suceder. Temía las palabras que Renfield iba a pronunciar.
Temía verdaderamente pensar, pero estaba consciente de lo que
estaba sucediendo, puesto que he oído hablar de hombres que han oído el
reloj de la muerte. La respiración del pobre hombre se hizo jadeante e ir-
regular. Parecía en todo momento que iba a abrir los ojos y a hablar, pero
entonces, se producía una respiración prolongada y estertórea y se cal-
maba, para adquirir una mayor insensibilidad. Aunque estaba acostum-
brado a los lechos de los enfermos y a los muertos, aquella expectación se
fue haciendo para mí cada vez más intolerable. Casi podía oír con claridad
los latidos de mi propio corazón y la sangre que fluía en mis sienes
resonaba como si fueran martillazos. Finalmente, el silencio se hizo inso-
portable. Miré a mis compañeros y vi en sus rostros enrojecidos y en la
forma en que tenían fruncido el ceño que estaban soportando la misma
tortura que yo. Un suspenso nervioso flotaba sobre todos nosotros, como
si sobre nuestras cabezas fuera a sonar alguna potente campana cuando
menos lo esperábamos.
Finalmente, llegó un momento en que era evidente que el paciente
se estaba debilitando rápidamente; podía morir en cualquier momento.
Miré al profesor y vi que sus ojos estaban fijos en mí. Su rostro estaba
firme cuando habló:
-No hay tiempo que perder. Sus palabras pueden contribuir a salvar
muchas vidas; he estado pensando en ello, mientras esperábamos. ¡Es po-
sible que haya un alma que corra un peligro muy grande! Debemos operar
inmediatamente encima del oído.
Sin añadir una palabra más comenzó la operación. Durante unos
minutos más la respiración continuó siendo estertórea. Luego, aspiró el

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