Bram Stoker


Carta de Mitchell, Sons & Candy a lord Godalming
1 de octubre
"Su señoría:
"Estamos siempre muy bien dispuestos a satisfacerlo en sus deseos.
Estamos en condiciones, con respecto a los deseos de Su Señoría, expre-
sados por el señor Harker de parte de usted, de darle los informes requeri-
dos sobre el número trescientos cuarenta y siete de Piccadilly. Los
vendedores originales son los herederos del difunto señor Archibald Win-
ter-Suffield. El comprador es un noble extranjero, el conde de Ville, que
efectuó personalmente la compra, pagando al contado el precio estipulado,
si Su Señoría nos excusa el empleo de una expresión tan sumamente vul-
gar. Aparte de esto, no conocemos absolutamente nada más respecto al
mencionado conde.
"Somos, señor, los más humildes servidores de Su Señoría,
"MITCHEL, SONS & CANDY"

Del diario del doctor Seward
2 de octubre. Coloqué a un hombre en el pasillo durante la última
noche, para presentar un informe exacto de todos los ruidos que pudiera
oír en la habitación de Renfield y dándole instrucciones para que en el caso
de que se produjera algo insólito, me llamara inmediatamente. Después de
la cena, cuando estuvimos todos reunidos en torno al fuego del estudio, y
después de que la señora Harker se hubo retirado a sus habitaciones, dis-
cutimos de las tentativas y los descubrimientos que habíamos hecho du-
rante aquel día. Harker era el único de nosotros que había obtenido
resultados y tenemos grandes esperanzas de que los indicios que ha ob-
tenido puedan ser de mucha importancia.
Antes de ir a acostarme, di una vuelta por las habitaciones de los
pacientes y miré por el judas de la puerta. Renfield estaba durmiendo pro-
fundamente y su pecho se elevaba y descendía con regularidad.
Esta mañana, el hombre que permaneció de servicio me comunicó
que después de medianoche estuvo inquieto y recitando sus oraciones con
voz un poco fuerte. Le pregunté si eso era todo y me respondió que eso
era todo lo que había oído. Había algo en sus modales que se hacía tan so-
spechoso que le pregunté francamente si se había dormido. Lo negó, pero
admitió haberse quedado medio dormido durante un rato. Es una desgracia
que no se pueda confiar en los hombres, a menos que se les esté vigilando.



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