Bram Stoker


-No quiero almas. ¡Es cierto! ¡Es cierto! No quiero. No me ser-
virían de nada si las tuviera; no tendría modo de usarlas. No podría
comérmelas o...
Guardó silencio repentinamente y la antigua expresión de astucia
volvió a extenderse sobre su rostro, como cuando un viento fuerte riza la
superficie de las aguas.
-Escuche, doctor, en cuanto a la vida, ¿qué es después de todo?
Cuando ha obtenido todo lo necesario y sabe que nunca deseará otra cosa,
eso es todo. Tengo amigos, buenos amigos, como usted, doctor Seward -
esto lo dijo con una expresión de indecible astucia-. ¡Sé que nunca me fal-
tarán los medios de vida!
Creo que entre las brumas de su locura vio en mí cierto antago-
nismo, puesto que, finalmente, retrocedió al abrigo de sus iguales..., al más
profundo y obstinado silencio.
Al cabo de poco tiempo, comprendí que por el momento era inútil
tratar de hablar con él. Estaba enfurruñado. De modo que lo dejé solo y
me fui.
Más tarde, en el curso del día, me mandó llamar. Ordinariamente no
hubiera ido a visitarlo sin razones especiales, pero en este momento estoy
tan interesado en él que me veo contento de hacer ese pequeño esfuerzo.
Además, me alegró tener algo que me ayude a pasar el tiempo. Harker está
fuera, siguiendo pistas; y también Quincey y lord Godalming. Van Helsing
está en mi estudio, examinando cuidadosamente los registros preparados
por los Harker; parece creer que por medio de un conocimiento exacto de
todos los detalles es posible que llegue a encontrar algún indicio impor-
tante. No desea que lo molesten mientras trabaja, a no ser por algún mo-
tivo especial. Pude hacer que me acompañara a ver al paciente, pero pensé
que después de haber sido rechazado como lo había sido, no le agradaría
ya ir a verlo. Además, había otra razón: Renfield no hablaría con tanta lib-
ertad ante una tercera persona como lo haría estando solos él y yo.
Lo encontré sentado en la silla, en el centro de su habitación, en una
postura que indica generalmente cierta energía mental de su parte. Cuando
entré, dijo inmediatamente, como si la pregunta le hubiera estado
quemando los labios:
-¿Qué me dice de las almas?
Era evidente que mi aplazamiento había sido correcto. Los
pensamientos inconscientes llevaban a cabo su trabajo, incluso en el caso
de los lunáticos. Decidí acabar con aquel asunto.
-¿Qué me dice de ellas usted mismo? -inquirí.



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