Drácula


-¿Qué me dice usted de las moscas en estos últimos tiempos?
Me sonrió con aire muy superior..., con una sonrisa como la que
hubiera podido aparecer en el rostro de Malvolio, antes de responderme:
-La mosca, mi querido señor, tiene una característica sorprendente:
sus alas son típicas del carácter aéreo de las facultades psíquicas. ¡Los an-
tiguos tuvieron razón cuando representaron el alma en forma de mariposa!
Pensé agotar su analogía, y dije rápidamente:
-¡Oh! ¿Está usted buscando un alma ahora?
Su locura envolvió a la razón y una expresión de asombro se ex-
tendió sobre su rostro al tiempo que, sacudiendo la cabeza con una energía
que no le había visto nunca antes, dijo:
-¡Oh, no, no! No quiero almas. Todo lo que quiero es vida -su
rostro se iluminó en ese momento-. Siento una gran indiferencia sobre eso
en la actualidad. La vida está muy bien: tengo toda la que necesito. Tiene
que buscarse usted otro paciente, doctor, si es que desea estudiar la zoo-
fagia.
Esa salida me sorprendió un poco, por lo cual le dije:
-Entonces, usted dirige la vida; debe ser usted un dios, ¿no es así?
Sonrió con una especie de superioridad benigna e inefable.
-¡Oh, no! No entra en mis cálculos, de ninguna manera, el arro-
garme los atributos de la divinidad. Ni siquiera me interesan sus actos es-
pecialmente espirituales. ¡Si me es posible establecer cuál es mi posición
intelectual, diría que estoy, en lo referente a las cosas puramente terrenales,
en cierto modo en la posición que ocupaba Enoch espiritualmente!
Eso representaba para mí un problema difícil, no lograba recordar
en ese momento cuál había sido la posición de Enoch. Por consiguiente,
tuve que hacerle una pregunta simple, aunque comprendí que, al hacerlo,
me estaba rebajando ante los ojos del lunático...
-¿Y por qué se compara con Enoch?
-Porque andaba con Dios.
No comprendí la analogía, pero no me agradaba reconocerlo, de
modo que volví al tema que ya había negado:
-De modo que no le preocupa la vida y no quiere almas, ¿por qué?
Le hice la pregunta rápidamente y con bastante sequedad, con el fin
de ver si me era posible desconcertarlo.
El esfuerzo dio resultado y por espacio de un instante se tranquilizó
y volvió a sus antiguos modales serviles, se inclinó ante mí y me aduló ser-
vilmente, al tiempo que respondía:



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