Bram Stoker


-¡Digan! ¿Cómo vamos a poder entrar a esa casa?
-Lo mismo que como lo hicimos en la otra -dijo lord Godalming
rápidamente.
-Pero, Art, entramos por efracción en Carfax; pero era de noche y
teníamos el parque que nos ocultaba a las miradas indiscretas. Sería algo
muy diferente el cometer ese delito en Piccadilly, tanto de noche como de
día. Confieso que no veo cómo vamos a poder entrar, a no ser que ese
pedante de la agencia inmobiliaria nos consiga alguna llave.
Lord Godalming frunció el ceño, se puso en pie y se paseó por la
habitación. De pronto se detuvo y dijo, volviéndose hacia nosotros y
mirándonos uno por uno:
-Quincey tiene razón. Este asunto de las entradas por efracción se
hace muy serio; nos salió muy bien una vez, pero el trabajo que tenemos
ahora entre manos es muy diferente..., a menos que encontremos el llavero
del conde.
Como no podíamos hacer nada antes de la mañana y como era
aconsejable que lord Godalming esperara hasta recibir la comunicación de
Mitchell's, decidimos no dar ningún paso hasta la hora del desayuno. Du-
rante un buen rato, permanecimos sentados, fumando, discutiendo todas
las facetas del asunto, visto desde diferentes ángulos; aproveché la opor-
tunidad de completar este diario y ponerlo al corriente hasta este preciso
instante. Tengo mucho sueño y debo ir a acostarme...
Sólo una línea más. Mina duerme profundamente y su respiración
es regular. Tiene la frente surcada de pequeñas arrugas, como si incluso
dormida estuviera pensando. Está todavía muy pálida, pero no tan ma-
cilenta como esta mañana. Mañana espero que podremos poner fin a todo
esto; se irá a nuestra casa de Exéter. ¡Oh! ¡Qué sueño tengo!

Del diario del doctor Seward
1 de octubre. Estoy absolutamente asombrado por lo de Renfield.
Sus saltos de humor son tan repentinos, que tengo dificultades para poder
registrarlos y adaptarme a ellos, y como siempre tienen un significado que
va más allá de su propio bienestar, forman un estudio más que interesante.
Esta mañana, cuando fui a verlo, después de que hubo rechazado a van
Helsing, sus modales eran los de un hombre que estaba dirigiendo al des-
tino. En efecto, estaba dándole órdenes al destino, subjetivamente. No se
preocupaba en absoluto por ninguna de las cosas terrenales; estaba en las
nubes y miraba desde su atalaya a todas las flaquezas y deseos de nosotros,
los pobres mortales. Decidí aprovecharme de la ocasión y aprender algo,
de modo que le pregunté:

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