Bram Stoker


Le pregunté si le era posible indicarme donde podría encontrarlo.
Le dije que si podía conseguirme la dirección, tendría mucho gusto en en-
tregarle otro medio soberano. De modo que tomó de un trago el resto de
su té y se puso en pie, diciendo que iba a iniciar sus averiguaciones. En la
puerta se detuvo, y dijo:
-Escuche, señor, no tiene sentido que espere usted aquí. Es posible
que encuentre pronto a Sam, o que no lo haga, pero, de todos modos, no
creo que se encuentre en condiciones de decirle muchas cosas esta noche.
Sam es un tipo raro cuando saca los pies de sus casillas. Si puede usted
darme un sobre con un sello de correos y su dirección, veré donde es posi-
ble encontrar a Sam y le enviaré los datos por correo esta misma noche.
Pero será preciso que vaya a verlo muy de mañana si quiere encontrarlo,
puesto que Sam se levanta temprano, por muy prolongada que haya sido la
juerga de la noche anterior.
Eso resultó práctico, de modo que uno de los niños salió con un
penique a comprar un sobre y una hoja de papel, y le di el cambio. Cuando
regresó, le puse la dirección al sobre y le pegué el sello, y cuando Smollet
me prometió otra vez que me enviaría la dirección por correo en cuanto la
descubriera, me dirigí a casa. De todos modos, estamos sobre la pista. Esta
noche me siento cansado y deseo dormir. Mina está profundamente dor-
mida y tiene un aspecto demasiado pálido; sus ojos dan la impresión de que
ha estado llorando. Pobre mujer, estoy seguro de que le es muy duro per-
manecer en la ignorancia y que eso puede hacer que se sienta doblemente
ansiosa por mí y por todos los demás. Pero es mejor así. Es mejor sentirse
decepcionado y ansioso, que tener los nervios destrozados. Los médicos
tenían razón al insistir en que ella debía permanecer fuera de todo este ter-
rible asunto. Debo mantenerme firme, puesto que la carga del silencio debe
pesar sobre todo en mí. Ni siquiera puedo mencionar el tema ante ella, por
ninguna circunstancia. En realidad, no creo que resulte una tarea difícil y
dura, después de todo, ya que ella misma se ha hecho reticente en lo rela-
tivo a ese tema y no ha vuelto a hablar del conde ni de sus actos desde que
le comunicamos nuestra decisión.
2 de octubre, por la noche. Fue un día largo, emocionante, y de los
que resultan una verdadera prueba. Por el primer correo he recibido la
carta que me era destinada y que contenía una hoja sucia de papel, sobre el
que habían escrito con un lápiz de carpintero y una mano demasiado pe-
sada:
"Sam Bloxam, Korkrans, 4, Poters Cort, Bartel Street, Walworth.
Pregunte por el algacil."



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