Drácula


conde se quedó conmigo, charlando y haciendo preguntas sobre todos los
posibles temas, hora tras hora. Yo sentí que ya se estaba haciendo muy
tarde, pero no dije nada, pues me sentía con la obligación de satisfacer los
deseos de mi anfitrión en cualquier forma posible. No me sentía soñoliento,
ya que la larga noche de sueño del día anterior me había fortalecido; pero
no pude evitar experimentar ese escalofrío que lo sobrecoge a uno con la
llegada de la aurora, que es a su manera, el cambio de marea. Dicen que la
gente que está agonizando muere generalmente con el cambio de la aurora
o con el cambio de la marea; y cualquiera que haya estado cansado y obli-
gado a mantenerse en su puesto, ha experimentado este cambio en la at-
mósfera y puede creerlo. De pronto, escuchamos el cántico de un gallo,
llegando con sobrenatural estridencia a través de la clara mañana; el conde
Drácula saltó sobre sus pies, y dijo:
-¡Pues ya llegó otra vez la mañana! Soy muy abusivo obligándole a
que se quede despierto tanto tiempo. Debe usted hacer su conversación
acerca de mi querido nuevo país Inglaterra menos interesante, para que yo
no olvide cómo vuela el tiempo entre nosotros.
Y dicho esto, haciendo una reverencia muy cortés, se alejó rápida-
mente.
Yo entré en mi cuarto y abrí las cortinas, pero había poco que ob-
servar; mi ventana daba al patio central, y todo lo que pude ver fue el calu-
roso gris del cielo despejado. Así es que volví a cerrar las ventanas, y he
escrito lo relativo a este día.
8 de mayo. Cuando comencé a escribir este libro temí que me estu-
viese explayando demasiado; pero ahora me complace haber entrado en
detalle desde un principio, pues hay algo tan extraño acerca de este lugar y
de todas las cosas que suceden, que no puedo sino sentirme inquieto. De-
searía estar lejos de aquí, o jamás haber venido. Puede ser que esta extraña
existencia de noche me esté afectando, ¡pero cómo desearía que eso fuese
todo! Si hubiese alguien con quien pudiera hablar creo que lo soportaría,
pero no hay nadie. Sólo tengo al conde para hablar, ¡y él...! Temo ser la
única alma viviente del lugar. Permítaseme ser prosaico tanto como los
hechos lo sean; me ayudará esto mucho a soportar la situación; y la imagi-
nación no debe corromperse conmigo. Si lo hace, estoy perdido. Digamos
de una vez por todas en qué situación me encuentro, o parezco encon-
trarme.
Dormí sólo unas cuantas horas al ir a la cama, y sintiendo que no
podía dormir más, me levanté. Colgué mi espejo de afeitar en la ventana y
apenas estaba comenzando a afeitarme. De pronto, sentí una mano sobre
mi hombro, y escuché la voz del conde diciéndome: "Buenos días." Me
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