Drácula


-Excúseme -le dije-, pero la respuesta se encuentra aquí.
Coloqué la mano sobre las hojas mecanografiadas.
-Cuando nuestro cuerdo e inteligente lunático hizo esa declaración,
tenía la boca todavía llena de las moscas y arañas que acababa de comer,
un instante antes de que la señora Harker entrara en su habitación.
-¡Bueno! -dijo-. Su memoria es buena. Debí haberlo recordado. Y,
no obstante, esa misma desviación del pensamiento y de la memoria es lo
que hace que el estudio de las enfermedades mentales sea tan apasionante.
Es posible que obtenga más conocimientos de la locura de ese pobre al-
ienado que lo que podría obtener de los hombres más sabios. ¿Quién sabe?
Continué mi trabajo y, antes de que pasara mucho tiempo, había
concluido con lo más urgente. Parecía que no había pasado realmente
mucho tiempo, pero van Helsing había vuelto ya al estudio.
-¿Lo interrumpo? -preguntó cortésmente, permaneciendo en el um-
bral de la puerta.
-En absoluto -respondí-. Pase. Ya he terminado mi trabajo y estoy
libre. Puedo acompañarlo, si lo desea.
-Es inútil. ¡Acabo de verlo!
-¿Y?
-Temo que no me aprecia mucho. Nuestra entrevista ha sido corta.
Cuando entré en su habitación estaba sentado en una silla, en el centro, con
los codos apoyados sobre las rodillas y en su rostro había una expresión
hosca y malhumorada. Le he hablado con toda la amabilidad posible, y con
todo el respeto que he logrado aparentar. No me respondió palabra alguna.
"-¿No me reconoce usted? -inquirí.
"Su respuesta no fue muy tranquilizadora.
"-Lo conozco perfectamente. Es usted el viejo idiota de van Hel-
sing. Desearía que se fuera usted con sus estúpidas teorías psicológicas a
otro lado. ¡Malditos sean todos los estúpidos holandeses!
"No pronunció ni una palabra más y siguió sentado, encerrado en su
descontento y malhumor, exactamente como si yo no hubiera estado en la
habitación en absoluto; tal era su indiferencia. Así he perdido la oportuni-
dad de aprender algo de ese inteligente lunático; por consiguiente, debo
irme para tratar de consolarme cruzando unas cuantas palabras agradables
con la dulce señora Mina.
Amigo John, me alegro infinitamente de que ya no tenga ella que
sufrir más, ni que preocuparse por nuestros terribles asuntos. Aunque
echaremos en falta su ayuda, es mejor que así sea."
-Estoy absolutamente de acuerdo con usted -le dije sinceramente,
puesto que no quería que su decisión al respecto se debilitara-. La señora
256

256