Bram Stoker


hacerlo, vimos que el polvo se había levantado mucho; las cajas que habían
sido sacadas, lo habían sido por allá. Pero incluso en un solo minuto que
había pasado, el número de las ratas había aumentado mucho. Parecían
aparecer en la habitación todas a un tiempo, a tal punto que la luz de las
lámparas, que se reflejaba sobre sus cuerpos oscuros y en movimiento y
brillaba sobre sus malignos ojos, hacía que toda la habitación pareciera es-
tar llena de luciérnagas. Los perros aparecieron rápidamente, pero en el
umbral de la puerta se detuvieron de pronto y olfatearon; luego,
simultáneamente, levantaron las cabezas y comenzaron a aullar de manera
lúgubre en extremo. Las ratas estaban multiplicándose por miles, y salimos
de la habitación.
Lord Godalming levantó a uno de los perros y, llevándolo al interior
de la habitación, lo colocó suavemente en el suelo. En el momento mismo
en que sus patas tocaron el suelo pareció recuperar su valor y se precipitó
sobre sus enemigos naturales. Las ratas huyeron ante él con tanta rapidez,
que antes de que hubiera acabado con un número considerable, los otros
perros, que habían sido transportados al centro de la habitación del mismo
modo, tenían pocas presas que hacer, puesto que toda la masa de ratas se
había desvanecido.
Con su desaparición, pareció que había dejado de estar presente
algo diabólico, puesto que los perros comenzaron a juguetear y a ladrar
alegremente, al tiempo que se precipitaban sobre sus enemigos postrados,
los zarandeaban y los enviaban al aire en sacudidas feroces. Todos noso-
tros nos sentimos envalentonados. Ya fuera a causa de la purificación de la
atmósfera de muerte, debido a que habíamos abierto la puerta de la capilla,
o por el alivio que sentimos al encontrarnos ante la abertura, no lo sé; pero
el caso es que la sombra del miedo pareció abandonarnos, como si fuera un
sudario, y la ocasión de nuestra ida a la casa perdió parte de su tétrico sig-
nificado, aunque no perdimos en absoluto nuestra resolución. Cerramos la
puerta exterior, la atrancamos y corrimos los cerrojos; luego, llevando los
perros con nosotros, comenzamos a registrar la casa. No encontramos otra
cosa que polvo en grandes cantidades, y todo parecía no haber sido tocado
en absoluto, exceptuando el rastro de mis pasos, que había quedado de mi
primera visita. Los perros no demostraron síntomas de intranquilidad en
ningún momento, e incluso cuando regresamos a la capilla, continuaron
jugueteando, como si estuvieran cazando conejos en el bosque, durante
una noche de verano.
El resplandor del amanecer estaba irrumpiendo por levante, cuando
salimos por la puerta principal. El doctor van Helsing había tomado del



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