Bram Stoker


cas en el polvo similares a la que quedó cuando el profesor levantó las
llaves. Van Helsing se volvió hacia mí y me dijo:
-Usted conoce este lugar, Jonathan. Ha copiado planos de él, y lo
conoce por lo menos mejor que todos nosotros. ¿Por dónde se va a la cap-
illa?
Tenía una idea de en dónde se encontraba, aunque durante mi
última visita no había logrado entrar en ella; por consiguiente, los guié y,
después de unas cuantas vueltas equivocadas, me encontré frente a una
puerta baja, que formaba un arco de madera de roble, cruzada por barras
de hierro.
-Este es el lugar -dijo el profesor, al tiempo que hacía que reposara
la lucecita de su lámpara sobre un mapa de la casa, copiado de mis ar-
chivos sobre la correspondencia relativa a la adquisición de la casa. Con
cierta dificultad, encontramos la llave correspondiente en el manojo y
abrimos la puerta. Estábamos preparados para algo desagradable, puesto
que al estar abriendo la puerta, un aire tenue y maloliente parecía brotar de
entre las rendijas, pero ninguno de nosotros esperaba encontrarse con un
olor como el que nos llegó. Ninguno de los otros había encontrado al
conde en sus cercanías, y cuando yo lo había visto, estaba, o bien en su
rápida existencia en las habitaciones o, cuando estaba lleno de sangre
fresca, en un edificio en ruinas, a cielo abierto, donde penetraba el aire
libre; pero, allí, el lugar era reducido y cerrado, y el largo tiempo que había
permanecido sin ser hallado hacía que el aire estuviera estancado y que
oliera a podrido.
Había un olor a tierra, como el de algún miasma seco, que sobre-
salía del aire viciado. Pero, en cuanto al olor mismo, ¿cómo poder de-
scribirlo? No era sólo que se compusiera de todos los males de la
mortalidad y del olor acre y penetrante de la sangre, sino que daba la im-
presión de que la corrupción misma se había podrido. ¡Oh! Me pongo en-
fermo sólo al recordarlo. Cada vez que aquel monstruo había respirado, su
aliento parecía haber quedado estancado en aquel lugar, intensificando su
repugnancia.
Bajo circunstancias ordinarias, un olor semejante hubiera puesto
punto final a nuestro empresa, pero aquel no era un caso ordinario, y la
tarea elevada y terrible en la que estábamos empeñados nos dio fuerzas
que se sobreponían a las consideraciones físicas. Después del primer es-
tremecimiento involuntario, consecuencia directa de la primera ráfaga de
aire nauseabundo, nos pusimos todos a trabajar, como si aquel repugnante
lugar fuera un verdadero jardín de rosas.



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