Drácula


-Ahora -dijo-, amigo John, ¿dónde están las llaves maestras? Si
logramos abrir la puerta, no necesitaremos introducirnos en la casa por la
ventana, como lo hicimos antes en la de la señorita Lucy.
El doctor Seward ensayó un par de llaves maestras, con la destreza
manual del cirujano, que le daba grandes ventajas para ejecutar aquel tra-
bajo. Finalmente, encontró una que entraba y, después de varios avances y
retrocesos, el pestillo cedió y, con un chirrido, se retiró. Empujamos la pu-
erta; los goznes herrumbrosos chirriaron y se abrió. Era algo asombro-
samente semejante a la imagen que me había formado de la apertura de la
tumba de la señorita Westenra, tal como la había leído en el diario del
doctor Seward; creo que la misma idea se les ocurrió a todos los demás,
puesto que, como de común acuerdo, retrocedieron. El profesor fue el
primero en avanzar y en dirigirse hacia la puerta abierta.
-In manus tuas, Domine! -dijo, persignándose, al tiempo que
cruzaba el umbral de la puerta.
Cerramos la puerta a nuestras espaldas, para evitar que cuando
encendiéramos las lámparas, el resplandor pudiera atraer a alguien que lo
viera desde la calle. El profesor pulsó el pestillo cuidadosamente, por si no
estuviéramos en condiciones de abrirlo rápidamente en caso de que tu-
viéramos que salir de la casa a toda prisa. Entonces, encendimos todos
nuestras lámparas y comenzamos nuestra investigación.
La luz de las diminutas lámparas caía sobre toda clase de formas
extrañas, cuando los rayos se cruzaban unos con otros o nuestros cuerpos
opacos proyectaban enormes sombras. No se apartaba de mí el sentimiento
de que había alguien más entre nosotros. Supongo que era el recuerdo,
sugerido de manera tan poderosa por el tétrico ambiente, de la espantosa
experiencia que yo tuviera en Transilvania. Creo que todos nosotros
teníamos el mismo sentimiento, puesto que noté que los otros no cesaban
de mirar por encima del hombro cada vez que se producía un ruidito o que
se proyectaba alguna nueva sombra, tal como lo hacía yo mismo.
Todo el lugar estaba cubierto por una espesa capa de polvo. En el
suelo, esa capa tenía varios centímetros de profundidad, excepto en los
lugares en que se veían huellas de pasos recientes en las que, bajando la
lámpara, pude ver marcas de tachuelas. Los muros estaban mohosos y cu-
biertos de polvo, y en los rincones había gruesas telarañas, sobre las que se
había acumulado el polvo, de tal forma que colgaban como trapos desgar-
rados en los lugares en que se habían roto, a causa del peso que tenían que
soportar. En una mesa, en el vestíbulo, había un gran manojo de llaves,
cada una de las cuales tenía una etiqueta amarillenta a causa de la acción
del tiempo. Habían sido usadas varias veces, puesto que había varias mar-
250

250