Drácula


Sin embargo, cuando me acerqué a la puerta, un nuevo cambio se
produjo en el paciente. Se dirigió hacia mi con tanta rapidez que, por un
momento, temí que se dispusiera a llevar a cabo otro ataque homicida. Sin
embargo, mis temores eran infundados, ya que extendió las dos manos, en
actitud suplicante y me hizo su petición en tono emocionado. Como vio
que el mismo exceso de su emoción operaba en contra suya, al hacernos
volver a nuestras antiguas ideas, se hizo todavía más demostrativo. Miré a
van Helsing y vi mi convicción reflejada en sus ojos; por consiguiente, me
convencí todavía más de lo correcto de mi actitud e hice un ademán que
significaba claramente que sus esfuerzos no servían para nada. Había visto
antes en parte la misma emoción que crecía constantemente, cuando me
dirigía alguna petición de lo que, en aquellos momentos, significaba mucho
para él, como, por ejemplo, cuando deseaba un gato; y esperaba presenciar
el colapso hacia la misma aquiescencia hosca en esta ocasión. Lo que es-
peraba no se cumplió, puesto que, cuando comprendió que su súplica no
servía de nada, se puso bastante frenético. Se dejó caer de rodillas y le-
vantó las manos juntas, permaneciendo en esa postura, en dolorosa súplica,
y repitió su ruego con insistencia, mientras las lágrimas resbalaban por sus
mejillas, y tanto su rostro como su cuerpo expresaban una intensa emo-
ción.
-Permítame suplicarle, doctor Seward; déjeme que le implore que
me deje salir de esta casa inmediatamente. Mándeme como quiera y a
donde quiera; envíe guardianes conmigo, con látigos y cadenas; deje que
me lleven metido en una camisa de fuerza, maniatado y con las piernas tra-
badas con cadenas, incluso a la cárcel, pero déjeme salir de aquí. No sabe
usted lo que hace al retenerme aquí. Le estoy hablando del fondo de mi
corazón..., con toda mi alma. No sabe usted a quién causa perjuicio, ni
cómo, y yo no puedo decírselo. ¡Ay de mí! No puedo decirlo. Por todo lo
que le es sagrado, por todo lo que le es querido; por su amor perdido, por
su esperanza de que viva, por amor del Todopoderoso, sáqueme usted de
aquí y evite que mi alma se sienta culpable. ¿No me oye usted, doctor?
¿No comprende usted que estoy cuerdo, y que le estoy diciendo ahora la
verdad, que no soy un lunático en un momento de locura, sino un hombre
cuerdo que está luchando por la salvación de su alma? ¡Oh, escúcheme!
¡Déjeme salir de aquí! ¡Déjeme! ¡Déjeme!
Pensé que cuanto más durara todo aquello tanto más furioso se
pondría y que, así, le daría otro ataque de locura. Por consiguiente, lo tomé
de la mano e hice que se levantara.



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