Bram Stoker


Asentí, y avanzamos todos juntos por el pasillo.
Lo encontramos en un estado de excitación considerable, pero
mucho más razonable en su modo de hablar y en sus modales de lo que lo
había visto nunca. Tenía una comprensión inusitada de sí mismo, que iba
más allá de todo lo que había encontrado hasta entonces en los lunáticos, y
daba por sentado que sus razonamientos prevalecerían con otras personas
cuerdas. Entramos los cinco en la habitación, pero, al principio, ninguno de
los otros dijo nada. Su petición era la de que lo dejara salir inmediatamente
del asilo y que lo mandara a su casa. Apoyaba su súplica con argumentos
relativos a su recuperación completa, y ponía como ejemplo su propia cor-
dura de ese momento.
-Hago un llamamiento a sus amigos -dijo-. Es posible que no les
moleste sentarse a examinar mi caso. A propósito, no me ha presentado
usted a ellos.
Estaba tan extrañado, que el hecho de presentar a otras personas a
un loco recluido en un asilo no me pareció extraño en ese momento.
Además, había cierta dignidad en los modales del hombre, que denunciaba
tanto la costumbre de considerarse como un igual, que hice las presen-
taciones inmediatamente.
-Lord Godalming, el profesor van Helsing, el señor Quincey Mor-
ris, de Texas, el señor Jonathan Harker y el señor Renfield.
Les dio la mano a todos ellos, diciéndoles, conforme lo hacía:
-Lord Godalming, tuve el honor de secundar a su padre en el
Windham; siento saber, por el hecho de que es usted quien posee el título,
que ya no existe. Era un hombre querido y respetado por todos los que lo
conocían, y he oído decir que en su juventud fue el inventor del ponche de
ron que es tan apreciado en la noche del Derby. Señor Morris, debe estar
usted orgulloso de su gran estado. Su recepción en la Unión puede ser un
acontecimiento de gran alcance que puede tener repercusiones en lo fu-
turo, cuando los Polos y los Trópicos puedan firmar una alianza con las
Estrellas y las Barras. El poder del Tratado puede resultar todavía un mo-
tor de expansión, cuando la doctrina Monroe ocupe el lugar que le corre-
sponde como fábula política. ¿Qué puede decir cualquier hombre sobre el
placer que siente al conocer a van Helsing? Señor, no me excuso por
abandonar todas las formas de prejuicios tradicionales. Cuando un indi-
viduo ha revolucionado la terapéutica por su descubrimiento de la evolu-
ción continua de la materia cerebral, las formas tradicionales no son
apropiadas, puesto que darían la impresión de limitarlo a una clase es-
pecífica. A ustedes, caballeros, que por nacionalidad, por herencia o por
dones naturales, están destinados a ocupar sus lugares respectivos en el

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