Drácula


La señora Harker entró en la habitación con una gracia natural que
hubiera hecho que fuera respetada inmediatamente por cualquier
lunático..., ya que la desenvoltura y la gracia son las cualidades que más
respetan los locos. Se dirigió hacia él, sonriendo agradablemente, y le
tendió la mano.
-Buenas tardes, señor Renfield -le dijo-. Como usted puede ver, lo
conozco. El doctor Seward me ha hablado de usted.
El alienado no respondió en seguida, sino que la examinó con el
ceño fruncido. Su expresión cambió, su rostro reflejó el asombro y, luego,
la duda; luego, con profunda sorpresa de mi parte, le oí decir:
-No es usted la mujer con la que el doctor deseaba casarse, ¿ver-
dad? No puede usted serlo, puesto que está muerta.
La señora Harker sonrió dulcemente, al tiempo que respondía:
-¡Oh, no! Tengo ya un esposo, con el que estoy casada desde
mucho antes de conocer siquiera al doctor Seward. Soy la señora Harker.
-Entonces, ¿qué está usted haciendo aquí?
-Mi esposo y yo hemos venido a visitar al doctor Seward.
-Entonces no se quede.
-Pero, ¿por qué no?
Pensé que aquel estilo de conversación no podía ser más agradable
para la señora Harker que lo que lo era para mí. Por consiguiente, in-
tervine:
-¿Cómo sabe usted que deseaba casarme?
Su respuesta fue profundamente desdeñosa y la dio en una pausa en
que apartó sus ojos de la señora Harker y posó su mirada en mí, para vol-
verla a fijar inmediatamente después en la dama.
-¡Qué pregunta tan estúpida!
-Yo no lo creo así en absoluto, señor Renfield -le dijo la señora
Harker, defendiéndome.
Renfield le habló entonces con tanta cortesía y respeto como des-
dén había mostrado hacia mí unos instantes antes.
-Estoy seguro de que usted comprenderá, señora Harker, que cu-
ando un hombre es tan querido y honrado como nuestro anfitrión, todo lo
relativo a él resulta interesante en nuestra pequeña comunidad. El doctor
Seward es querido no solamente por sus servidores y sus amigos, sino
también por sus pacientes, que, puesto que muchos de ellos tienen cierto
desequilibrio mental, están en condiciones de distorsionar ciertas causas y
efectos. Puesto que yo mismo he sido un paciente de un asilo de alienados,
no puedo dejar de notar que las tendencias mitómanas de algunos de los
asilados conducen hacia errores de non causa e ignoratio elenchi.
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