Drácula


manera posible, que había leído todos los documentos y diarios, y que mi
esposo y yo, después de mecanografiarlos, acabábamos de terminar de
ponerlos en orden. Les di una copia a cada uno de ellos, para que pudieran
leerlos en la biblioteca. Cuando lord Godalming recibió la suya y la leyó
cuidadosamente (era un legajo considerable de documentos), dijo:
-¿Ha escrito usted todo esto, señora Harker?
Asentí, y él agregó:
-No comprendo muy bien el fin de todo esto; pero son todos ust-
edes tan buenos y amables y han estado trabajando de manera tan enérgica
y honrada, que lo único que puedo hacer es aceptar todas sus ideas a cie-
gas y tratar de ayudarlos. Ya he recibido una lección al tener que aceptar
hechos que son suficientes para hacer que un hombre se sienta triste hasta
los últimos momentos de su vida. Además, sé que usted amaba a mi pobre
Lucy...
Al llegar a este punto, se volvió y se cubrió el rostro con las manos.
Alcancé a percibir el llanto en el tono de su voz. El señor Morris, con deli-
cadeza instintiva, le puso una mano en el hombro, durante un momento, y
luego salió lentamente de la habitación. Supongo que hay algo en la natu-
raleza de una mujer que hace que un hombre se sienta libre para desplo-
marse frente a ella y expresar sus sentimientos emotivos o de ternura, sin
creer que sean humillantes para su virilidad; porque cuando lord Go-
dalming se vio solo conmigo, se sentó en el diván y dio rienda suelta al
llanto sincera y abiertamente. Me senté a su lado y le tomé la mano. Espero
que no haya pensado que fuera un atrevimiento mío, y que si piensa en ello
después, nunca se le ocurrirá nada semejante. Lo estoy denigrando un
poco; sé que nunca lo hará... Es demasiado caballerezco para eso. Com-
prendí que su corazón estaba destrozado, y le dije:
-Quería a Lucy y sé lo que ella representaba para usted, y lo que era
usted para ella. Eramos como hermanas, y, ahora que ella se ha ido, ¿no va
a permitirme que sea como una hermana para usted en medio de su dolor?
Sé la tristeza que lo ha embargado, aunque no puedo medir exactamente
su profundidad. Si la simpatía y la comprensión pueden ayudarlo a usted en
su aflicción, ¿no me permite que lo ayude..., por amor de Lucy?
En un instante, el pobre hombre se encontró abrumado por el dolor.
Me pareció que todo lo que había tenido que sufrir en silencio hasta enton-
ces brotaba de golpe. Se puso fuera de sí y, levantando las manos abiertas,
hizo chocar las palmas, expresando la magnitud de su dolor. Se puso en
pie y, un instante después, volvió a tomar asiento y las lágrimas no cesaban
de correrle por las mejillas. Sentí una enorme lástima por él, y sin pensarlo,


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