Drácula


necesario añadir que, antes de dejarlos, me encargué de que no volvieran a
tener que hacer ningún reproche al respecto.
30 de septiembre. El jefe de estación tuvo la amabilidad de darme
unas líneas escritas para su colega de King's Cross, de manera que cuando
llegué allá por la mañana, pude hacerle preguntas sobre la llegada de las
cajas. El también me puso inmediatamente en contacto con los empleados
apropiados y vi que sus explicaciones coincidían con la factura original.
Las oportunidades de tener una sed anormal habían sido pocas en este
último caso; sin embargo, habían sido aprovechadas generosamente y me
vi obligado a ocuparme del resultado de un modo ex post facto.
De allí me dirigí a las oficinas centrales de Carter Paterson, donde
fui recibido con la mayor cortesía. Examinaron la transacción en su diario y
sus archivos de correspondencia y telefonearon inmediatamente a su ofi-
cina de King's Cross para obtener más detalles. Afortunadamente, los
hombres que se encargaron del acarreo estaban esperando trabajo y el fun-
cionario los envió inmediatamente, mandando asimismo con uno de ellos el
certificado de tránsito y todos los documentos relativos a la entrega de las
cajas en Carfax. Nuevamente, descubrí que el duplicado correspondía ex-
actamente; los portadores estaban en condiciones de complementar la par-
quedad de los documentos con unos cuantos detalles. Pronto supe que
esos detalles estaban relacionados con lo sucio del trabajo y con la terrible
sed que les produjo a los trabajadores. Al ofrecerles la oportunidad, más
tarde, para que la calmaran, uno de los hombres hizo notar:
-Esa casa, señor, es la más abandonada que he visto en toda mi
vida. ¡Caramba! Parece que hace ya un siglo que nadie la ha tocado. Había
una capa tan gruesa de polvo que hubiéramos podido dormir en el suelo
sin lastimarnos los riñones, y tan en desorden que parecía el antiguo templo
de Jerusalén. Pero la vieja capilla... ¡Fue el colmo de todo! Mis com-
pañeros y yo pensamos que nunca saldríamos de esa casa bastante pronto.
¡Cielo santo! ¡Por nada del mundo me quedaría allí un solo instante des-
pués de anochecer!
Puesto que yo había estado en la casa, no tuve inconveniente en
creerle; pero, si hubiera sabido lo que yo, es seguro que habría empleado
palabras más duras.
Hay algo de lo que estoy satisfecho, sin embargo: que todas las ca-
jas que llegaron a Whitby de Varna, en el Demeter, estaban depositadas en
la vieja capilla de Carfax. Debía haber allí cincuenta, a menos que hubieran
retirado ya alguna..., como lo temía, basándome en el diario del doctor
Seward.


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