Bram Stoker


ris van a venir también. Así podremos estar en condiciones de ponerlo al
corriente de todo en cuanto llegue.
El doctor, de acuerdo con lo dicho, hizo que el fonógrafo fun-
cionara más lentamente y comencé a escribir a máquina desde el principio
del séptimo cilindro. Usaba papel carbón y saqué tres copias, lo mismo que
había hecho con todo el resto. Era ya tarde cuando concluí el trabajo, pero
el doctor fue a cumplir con su deber, en su ronda de visita a los pacientes;
cuando terminó, regreso y se sentó a mi lado, leyendo, para que no me
sintiera demasiado sola mientras trabajaba. ¡Qué bueno y comprensivo es!
¡El mundo parece estar lleno de hombres buenos, aun cuando haya tam-
bién monstruos! Antes de despedirme de él recordé lo que Jonathan había
escrito en su diario sobre la perturbación del profesor cuando leyó algo en
un periódico de la tarde en la estación de Exéter; así, al ver que el doctor
Seward guardaba clasificados sus periódicos, me llevé a la habitación, des-
pués de pedirle permiso para ello, los álbumes de The Westminster Gazette
y The Pall Mall Gazette. Recordaba lo mucho que nos habían ayudado los
periódicos The Dailygraph y The Whitby Gazette, de los que había guar-
dado recortes, para comprender los terribles sucesos de Whitby cuando
llegó el conde Drácula. Por consiguiente, tengo el propósito de examinar
cuidadosamente, desde entonces, los periódicos de la tarde, y quizá pueda
así encontrar algún indicio. No tengo sueño, y el trabajo servirá para tran-
quilizarme.

Del diario del doctor Seward
30 de septiembre. El señor Harker llegó a las nueve en punto.
Había recibido el telegrama de su esposa poco antes de ponerse en camino.
Tiene una inteligencia poco común, si es posible juzgar eso por sus faccio-
nes, y está lleno de energía. Si su diario es verdadero, y debe ser, a juzgar
por las maravillosas experiencias que hemos tenido, es también un hombre
enérgico y valiente. Su ida a la tumba por segunda vez era una obra maes-
tra de valor. Después de leer su informe, estaba preparado a encontrarme
con un buen espécimen de la raza humana, pero no con el caballero tran-
quilo y serio que llegó aquí hoy.
Más tarde. Después del almuerzo, Harker y su esposa regresaron a
sus habitaciones, y al pasar hace un rato junto a su puerta, oí el ruido que
producía su máquina de escribir. Trabajan mucho. La señora Harker me
dijo que estaban poniendo en orden cronológico todas las pruebas que
poseían. Harker había recibido las cartas entre la consigna de las cajas en
Whitby y los mozos de cuerda que se ocuparon de ellas en Londres. Ahora


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