Drácula


-¡No! ¡No! ¡No! ¡Por nada en el mundo dejaré que usted conozca
esa terrible historia!
Por consiguiente, era terrible. ¡Mi intuición no me había engañado!
Por unos instantes estuve pensando, y mientras mis ojos examinaban cui-
dadosamente la habitación, buscando algo o alguna oportunidad que pu-
diera ayudarme, vi un montón de papeles escritos a máquina sobre su
mesa. Los ojos del doctor se fijaron en los míos, e involuntariamente,
siguió la dirección de mi mirada. Al ver los papeles, comprendió qué era lo
que estaba pensando.
-Usted no me conoce -le dije-. Cuando haya leído esos papeles, el
diario de mi esposo y el mío propio, que yo misma copié en la máquina de
escribir, me conocerá un poco mejor. No he dejado de expresar todos mis
pensamientos y los sentimientos de mi corazón en ese diario; pero, natu-
ralmente, usted no me conoce... todavía; y no puedo esperar que confíe en
mí para revelarme algo tan importante.
Desde luego, es un hombre de naturaleza muy noble; mi pobre Lucy
tenía razón respecto a él. Se puso en pie y abrió un amplio cajón, en el que
estaban guardados en orden varios cilindros metálicos huecos, cubiertos de
cera oscura, y dijo:
-Tiene usted razón. No confiaba en usted debido a que no la cono-
cía. Pero ahora la conozco; y déjeme decirle que debí conocerla hace ya
mucho tiempo. Ya sé que Lucy le habló a usted de mí, del mismo modo
que me habló a mí de usted. ¿Me permite que haga el único ajuste que
puedo? Tome los cilindros y óigalos. La primera media docena son per-
sonales y no la horrorizarán; así podrá usted conocerme mejor. Para cu-
ando termine de oírlos, la cena estará ya lista. Mientras tanto, debo leer
parte de esos documentos, y así estaré en condiciones de comprender me-
jor ciertas cosas.
Llevó él mismo el fonógrafo a mi salita y lo ajustó para que pudiera
oírlo. Ahora voy a conocer algo agradable, estoy segura de ello, ya que me
va a mostrar el otro lado de un verdadero amor del que solamente conozco
una parte...

Del diario del doctor Seward
29 de septiembre. Estaba tan absorto en la lectura del diario de
Jonathan Harker y en el de su esposa que dejé pasar el tiempo sin pensar.
La señora Harker no había descendido todavía cuando la sirvienta anunció
que la cena estaba servida.
-Es probable que esté cansada. Será mejor que retrasemos la cena
una hora -le dije, y volví a enfrascarme en mi lectura.
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