Bram Stoker


-Sí -respondió-, lo registro en este aparato. Al tiempo que hablaba,
colocó la mano sobre el fonógrafo. Me sentí muy excitada y exclamé:
-¡Vaya! ¡Esto es todavía más rápido que la taquigrafía! ¿Me permite
oír el aparato un poco?
-Naturalmente -replicó con amabilidad y se puso en pie para pre-
parar el artefacto de modo que hablara.
Entonces, se detuvo y apareció en su rostro una expresión confusa.
-El caso es -comenzó en tono extraño- que sólo registro mi diario;
y se refiere enteramente..., casi completamente..., a mis casos. Sería algo
muy desagradable... Quiero decir...
Guardó silencio y traté de ayudarlo a salir de su confusión.
-Usted ayudó en la asistencia a mi querida Lucy en los últimos in-
stantes. Déjeme escuchar cómo murió. Le agradeceré mucho todo lo que
pueda saber sobre ella. Me era verdaderamente muy querida.
Para mi sorpresa, respondió, con una expresión de profundo horror
en sus facciones:
-¿Quiere que le hable de su muerte? ¡Por nada del mundo!
-¿Por qué no? -pregunté, mientras un sentimiento terrible se iba
apoderando de mí.
El doctor hizo nuevamente una pausa y pude ver que estaba
tratando de buscar una excusa. Finalmente, balbuceó:
-¿Ve usted? No sé como retirar todo lo particular que contiene el
diario.
Mientras hablaba se le ocurrió una idea, y dijo, con una simplicidad
llena de inconsciencia, en un tono de voz diferente y con el candor de un
niño:
-Esa es la verdad, le doy mi palabra de ello. ¡Sobre mi honor de in-
dio honrado!
No pude menos de sonreír y el doctor hizo una mueca.
-¡Esta vez me he traicionado! -dijo-. Pero, ¿sabe usted que aún cu-
ando hace ya varios meses que mantengo al día el diario, nunca me preo-
cupé de cómo podría encontrar cualquier parte en especial de él que
deseara examinar?
Pero esta vez me convencí de que el diario del doctor que asistió a
Lucy tendría algo que añadir a nuestra suma de conocimientos sobre el
terrible ser, y dije llanamente:
-Entonces, doctor Seward, lo mejor será que me deje que le haga
una copia en mi máquina de escribir.
Se puso intensamente pálido, al tiempo que me decía:



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