Drácula


-Es usted el doctor Seward, ¿verdad?
-¡Y usted la señora Harker! -le respondí inmediatamente.
Entonces, la joven me tendió la mano.
-Lo conocía por la descripción que me hizo la pobre Lucy; pero... -
guardó silencio repentinamente y un fuerte rubor cubrió sus mejillas.
El rubor que apareció en mi propio rostro nos tranquilizó a los dos
en cierto modo, puesto que era una respuesta tácita al suyo. Tomé su
equipaje, que incluía una máquina de escribir, y tomamos el metro hasta
Fenchurch Street, después de enviar recado a mi ama de llaves para que
dispusiera una salita y una habitación dormitorio para la recién llegada.
Pronto llegamos. La joven sabía, por supuesto, que el lugar era un
asilo de alienados; pero vi que no lograba contener un estremecimiento
cuando entramos.
Me dijo que si era posible le gustaría acompañarme a mi estudio,
debido a que tenía mucho de que hablarme. Por consiguiente, estoy termi-
nando de registrar los conocimientos en mi diario fonográfico, mientras la
espero.
Como todavía no he tenido la oportunidad de leer los papeles que
me confió van Helsing, aunque se encuentran extendidos frente a mí, ten-
dré que hacer que la señora se interese en alguna cosa para poder dedi-
carme a su lectura. No sabe cuán precioso es el tiempo o de qué índole es
la tarea que hemos emprendido. Debo tener cuidado para no asustarla.
¡Aquí llega!

Del diario de Mina Harker
29 de septiembre. Después de instalarme, descendí al estudio del
doctor Seward. En la puerta me detuve un momento, porque creí oírlo
hablar con alguien. No obstante, como me había rogado que no perdiera el
tiempo, llamé a la puerta y entré al estudio una vez que me dio permiso
para hacerlo.
Me sorprendí mucho al constatar que no había nadie con él. Estaba
absolutamente solo, y sobre la mesa, frente a él, se encontraba lo que supe
inmediatamente, por las descripciones, que se trataba de un fonógrafo.
Nunca antes había visto uno y me interesó mucho.
-Espero no haberlo hecho esperar mucho -le dije-; pero me detuve
ante la puerta, ya que creí oírlo a usted hablando y supuse que habría al-
guna persona en su estudio.
-¡Oh! -replicó, con una sonrisa-. Solamente estaba registrando en
mi diario los últimos acontecimientos.
-¿Su diario? -le pregunté, muy sorprendida.
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