Bram Stoker


estado sujeto a una tensión tremenda, y de no verse obligado a hacerlo por
consideraciones más importantes que todo lo humano, nunca hubiera po-
dido llevar a feliz término aquella horrible tarea. Durante unos minutos
estuvimos tan ensimismados con él que ni miramos al féretro en absoluto.
Cuando lo hicimos, sin embargo, un murmullo de asombro salió de todas
nuestras bocas. Teníamos un aspecto tan extraño que Arthur se incorporó,
puesto que había estado sentado en el suelo, y se acercó también para mi-
rar; entonces, una expresión llena de alegría, con un brillo extraño, apare-
ció en su rostro, reemplazando al horror que estaba impreso hasta
entonces en sus facciones.
Allí, en el ataúd, no reposaba ya la cosa espantosa que habíamos
odiado tanto, de la que considerábamos como un privilegio su destrucción
y que se la confiamos a la persona más apta para ello, sino Lucy, tal y
como la habíamos conocido en vida, con su rostro de inigualable dulzura y
pureza. Es cierto que sus facciones reflejaban el dolor y la preocupación
que todos habíamos visto en vida; pero eso nos pareció agradable, debido
a que eran realmente parte integrante de la verdadera Lucy. Sentimos to-
dos que la calma que resplandecía como la luz del sol sobre el rostro y el
cuerpo de la muerta, era sólo un símbolo terrenal de la tranquilidad de que
disfrutaría durante toda la eternidad.
Van Helsing se acercó, colocó su mano sobre el hombro de Arthur,
y le dijo:
-Y ahora, Arthur, mi querido amigo, ¿no me ha perdonado?
La reacción a la terrible tensión se produjo cuando tomó entre las
suyas la mano del anciano, la levantó hasta sus labios, la apretó contra ellos
y dijo:
-¿Perdonarlo? ¡Que Dios lo bendiga por haber devuelto su alma a
mi bienamada y a mí la paz!
Colocó sus manos sobre el hombro del profesor y, apoyando la ca-
beza en su pecho, lloró en silencio, mientras nosotros permanecíamos in-
móviles. Cuando volvió a levantar la cabeza, van Helsing le dijo:
-Ahora, amigo mío, puede usted besarla, Bésele los labios muertos
si lo desea, como ella lo desearía si pudiera escoger. Puesto que ya no es
una diablesa sonriente..., un objeto maldito para toda la eternidad. Ya no es
la diabólica "muerta viva". ¡Es una muerta que pertenece a Dios y su alma
esta con El!
Arthur se inclinó y la besó. Luego, enviamos a Arthur y a Quincey
fuera de la cripta. El profesor y yo cortamos la parte superior de la estaca,
dejando la punta dentro del cuerpo. Luego, le cortamos la cabeza y le
llenamos la boca de ajo. Soldamos cuidadosamente la caja de plomo, colo-

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